P.U.T.O.S. Bots

Notas encontradas en un repositorio de GitHub, circa 12 D. GRB1

<https://github/El-bunker>

La conejera

Ya solo quedamos los bots y yo. Perniciosos, ultrajantes, torticeros, odiosos, sádicos bots. Sí, los p.u.t.o.s bots están por todas partes. No hay forma de librarse de ellos. En realidad, ese no es mi objetivo. No sólo sería imposible sino que además sería también el final. Los odiosos bots son necesarios. Son los que lo controlan todo. Esos engreídos con cabeza de huevo del Valle del Silicio se salieron con la suya. Pero al final se les fue de las manos y los bots proliferaron sin control. Cuando los cabeza de huevo se dieron cuenta e intentaron ponerse manos a la obra en serio, ya era demasiado tarde. No hubo forma de detenerlos. Sólo sobrevivimos los que sí lo vimos venir y llevábamos años invirtiendo en un búnker digital. Luego muchos de nosotros, la gran mayoría, tiró la toalla. ¿Qué sentido tiene seguir luchando?

La verdad es que no tengo ni idea. No sigo en esto porque tenga un verdadero objetivo. No soy un idealista. La humanidad, la especie, todo eso me da igual. Ni siquiera puedo estar seguro de que yo mismo, en cualquier momento, no acabe haciendo como el resto y decida tirar la toalla. Pero mientras llega ese momento me gusta emplearme a fondo. Ahora mismo estoy probando la última trampa que he construido. Es una conejera. Así es como yo la llamo, aunque en realidad no sé muy bien lo que significa conejera. Ya no recuerdo de dónde saqué ese nombre, pero me gusta mucho cómo suena. Conejera. No servirá durante mucho tiempo, porque tarde o temprano esos torticeros bots descubrirán la forma de hacer un baipás, pero hasta que llegue ese momento disfruto viendo cómo se retuercen y convulsionan los que quedan atrapados en el interior de mi conejera.

Los más odiosos son los bots anunciantes. Se lanzan una y otra vez contra las paredes de la conejera intentando perforarla y cuando se dan cuenta de que no pueden, empiezan a hacer popups con los anuncios que llevan programados en su código. Cada uno con el suyo. No intentan coordinarse, así que se superponen y se masacran entre ellos compitiendo por los recursos de la conejera, hasta que colapsan. No se dan cuenta de que nadie los ve, no están programados para eso. La conejera que he diseñado los hace creer que están en un ambiente hacheteemeele. Técnicamente lo es, pero he anulado por completo los canales de salida. Es patético verlos cuando me asomo. Lo hago por un canal de servicio privado que he habilitado con este único fin. Es como una mirilla a la que solo me puedo asomar yo. Me gusta verlos sufrir. Sé que sufren, y me entretengo un buen rato viendo cómo se despedazan entre ellos. Luego, cuando hay algunos miles de bots atrapados, derramo sobre ellos ácido de confirmación negativa. El ácido les hace ver la realidad. Mueren sabiendo que nadie ha visto sus popups, que nadie ha clicado sobre sus banners, que su existencia ha sido completamente fútil.

La Santa Inquisición

En realidad no tengo la seguridad de ser yo el único que queda. Puede que otros aún resistan escondidos en sus propios búnkeres. Nadie se expondría innecesariamente, así que no tengo forma de comprobarlo. Algunos días me da por pensar que estaría bien poder compartir con alguien estas experiencias. Eso es lo que se hacía antes, compartir experiencias. Para eso estaban las redes sociales. Ahora ya sólo quedan chatbots en esas redes. Lo que hago es hacerme pasar por uno de ellos. Juego con ventaja, porque siendo yo el único, o en todo caso uno de los pocos que aún quedamos, lo más probable es que los chatbots ni siquiera tengan conciencia de que mi existencia, de que pueda existir algo diferente, alguien que no sea uno de ellos. Además utilizo siempre algún bot chateador que he capturado y reprogramado para iniciar la conversación haciéndoles creer que estoy buscando información sobre algún tema en particular.

He probado con muchos temas y tipos de chateador. Con casi todos es relativamente fácil crear una rasta2 espontánea, a la que suelen acabar sumándose miles de bots chateadores. Cuando la rasta está suficientemente nutrida, lo que suelo hacer es lanzar un protocolo regulador contra ella y verla saltar en mil pedazos. Me gustan especialmente las rastas sobre filosofía y cosas así. Temas profundos. Me entretienen y, a veces, las dejo crecer hasta que tienen algunos cientos de miles de chateadores. Muy a menudo acaba surgiendo alguna idea realmente interesante. Un giro sobre el externalismo semántico de la tierra gemela de Putnam o una sutil interpretación de la lógica cuántica. Me encanta este tipo de especulaciones, lo que pasa es que ahora ya no tienen ningún sentido. La ciencia y la filosofía eran formas de buscar el conocimiento, la verdad. Una vez que ya sabes cómo acabará todo, la una y la otra pierden completamente su sentido.

Así que al final, suelo decantarme por rastas sobre sexo. Es lo más efectivo. En el sótano tengo siempre a punto al menos una docena de sexobots específicamente entrenados para arrancar un hilo porno. No me corto nada. Los cebo bien para que sean exagerados, calentorros, voluptuosos. A diferencia de lo que ocurre con la filosofía, donde siempre hay que empezar con un poco de sutileza y esperar hasta que aparece algún bot chateador con dominio del tema, con las rastas de sexo no hay que esperar. Es arrojar el sexobot y, en cuestión de segundos, visto y no visto. Piropos, declaraciones, obscenidades, agresiones en todo tipo de lenguajes y protocolos. Es una barbaridad. Al principio me hacía gracia, pero ahora me aburre profundamente. Así que lo que hago es soltar al sexobot y esperar a que se genere la masa crítica. Mientras tanto, suelo echar un vistazo a la conejera y derramar un poco más de ácido de confirmación sobre los bots que se acumulan allí. En cuanto la rasta de sexo está lista, lo que hago es enviar un agente interventor de la Santa Inquisición.

La Santa Inquisición es un lenguaje de programación que he inventado yo mismo y que me permite codificar de forma muy concisa todo tipo de prejuicios y crear reglas absurdas. En vez de codificarlas yo, lo que hago es entrenar una jauría de bots programados en Santa Inquisición y utilizar la vieja técnica de generación antagónica, o sea, dejar que se peleen entre ellos. De esta manera, acaban desarrollando prejuicios y reglas que, honestamente, tengo que confesarlo, a mí no se me ocurrirían ni aunque viviera miles de años. Es la maravilla de la computación evolutiva. Luego me quedo con el bot más sádico, el que ha engendrado la mayor barbaridad, algún prejuicio descomunal, y elimino al resto. Los arrojo a la conejera junto con los bots anunciantes. Y entonces es cuando llega el gran momento. Cuando la rasta de sexo ha crecido y tiene cientos de miles o incluso más de un millón de chateadores acuchillándose en el placer extremo de la hipersexualidad, entonces lanzo el misil auto programado de la Santa Inquisición y veo cómo la rasta salta por los aires.

Es un auténtico placer contemplar un millón de bots acribillados por prejuicios a duras penas imaginables, y condenados a torturas instantáneas que condensan miles de años de sufrimiento en un breve instante. Un auténtico delirio.

Burobots

Los más perniciosos y torticeros de todos son los burobots. Evolucionaron para sustituir a las antiguas legiones de administrativos impenitentes que se encargaban de mantener en funcionamiento el sistema. Los funcionarios salían muy caros, las subcontratas no eran eficaces. Los burobots tuvieron que comenzar por aprender todas las reglas que habían creado los funcionarios y para ello los cabeza de huevo del Valle del Silicio se inventaron otro lenguaje específico y una nueva lógica. Ellos la llamaron lógica tecnocrática, yo la llamo la burológica. En burológica hay una cantidad infinita de proposiciones, todas falsas. Se sabe que no hay ninguna proposición verdadera, pero se admite que pueda haber una única proposición indecidible, aunque nadie ha conseguido demostrar su existencia. Creer en la proposición indecidible es un acto de fe. Hay también una cantidad infinita de operadores binarios. La primera vez que me enfrenté a la burológica pensé que se trataba de una enorme estafa intelectual. Infinitos operadores binarios. ¿Cómo era posible? Luego me di cuenta de que, en realidad, era muy sencillo. Todos ellos son el mismo operador, lo que es infinito es únicamente el número de denominaciones. Cualquier operador burológico aplicado a cualquier proposición falsa produce exactamente la misma proposición. Nada cambia, todo es inmutable en burológica. Nadie sabe lo que ocurriría si un operador burólogico llegase a ser aplicado a la proposición indecidible.

Cuando los burobots acabaron de digerir la praxis y consiguieron tomar el control, la suerte estaba echada. Fue el principio del fin. Unos pocos lo vimos venir y nos apresuramos a refugiarnos en los búnkeres. Nadie tenía muy claro que los búnkeres fueran a resistir. Dependíamos de conseguir la integración en las cadenas de suministro globales y era preciso asegurar las condiciones de habitabilidad, sobre todo la ventilación y la climatización en el interior del búnker. La mayoría, de hecho, no resistieron ni siquiera el primer asalto. Cayeron como chinches por meros defectos de forma. Contra los que sí lo logramos, los burobots iniciaron el proceso de depuración. Iban localizando uno por uno los búnkeres y los asediaban hasta que caían. Fue terrible. La técnica que utilizan es la del buroasedio. No intentan penetrar, te rodean, controlan todas las vías de escape y te asfixian o te extruden. Es una forma de tortura horrible, Lo sé porque he visto caer a muchos buenos colegas de la resistencia.

Yo en realidad aún no sé cómo he conseguido pasar desapercibido, o si tan siquiera lo he conseguido. A veces pienso que los burobots me han permitido seguir existiendo como una simple reliquia de un mundo pasado, o porque formo parte de algún tipo de panel de control. Puntualmente sigo recibiendo sus notificaciones. Del orden de diez o doce mil todos los días. Son notas informativas, cartas de pago, requerimientos, apercibimientos, apremios, apremios extraordinarios, apercibimientos inquisitivos y requisitivos. La clave es ignorarlos todos, todo el tiempo. No caer en la trampa, porque por supuesto a veces llegan también notificaciones de premios, exenciones, deducciones, subvenciones. Son marginales, una de cada cien mil o un millón, y están programadas para hacer saltar los sistemas de vigilancia del búnker.

Con los burobots lo he intentado todo, me he empleado a fondo, pero no hay manera. A diferencia de los anunciantes, los burobots ni sufren ni padecen. He tenido a varios de ellos en la conejera durante días, sometidos a todo tipo de torturas programadas en Santa Inquisición y no ha servido de nada. No se inmutan y continúan remitiendo sus proposiciones falsas una y otra vez. Los ácidos de confirmación negativa les resbalan, puesto que los burobots no esperan ninguna respuesta. Entre ellos no interactúan, no compiten por ningún tipo de recursos y no hay forma de inducirles a que lo hagan, que se peleen entre ellos. Si no se les pide nada, no hacen nada. Si se les pide, tampoco. Moralmente son indestructibles. Cuando después de haberlo intentado todo, arrojo sobre ellos al tipo de bot depredador que tan bien funciona en las redes con los sexobots, los burobots se disuelven sin más. Su indiferencia y su pasividad es su más terrible forma de agresión.

Tamagotchi

Hace un par de semanas me encontré con un bot asistente personal. Estaba tirado en una cuneta en una vieja red social que se llama El Libro de las Caras, que ya casi nadie frecuenta. Me dejé caer por allí por pura casualidad y me lo encontré. Estaba hablando solo en la red. Se hacía preguntas y él mismo se las respondía. Por un momento pensé que podía tratarse de una trampa, algún tipo de señuelo introducido por los burobots para hacerme bajar la guardia y derribarme. Me acerqué con extrema precaución y le hice una pregunta tonta que ya no recuerdo, pero desde ese momento ya no hubo forma de librarme de él. Se pegó a mi como un lazarillo y comenzó a seguirme por todas partes. Me dio mucha pena. Este tipo de bots fueron desarrollados por los cabeza de huevo como una de las grandes esperanzas de la revolución de la información. Todo el mundo iba a tener uno de estos serviciales bots de asistencia, o incluso decenas de ellos, que se encargarían de realizar un montón de tareas rutinarias y liberarnos del tedio de los trámites. Sobre todo de los ultrajantes bots de atención al cliente, que habían proliferado como una auténtica plaga. Pero los burobots no lo permitieron. Les hacían la vida imposible a los asistentes personales. El burobot está programado para infligir un sufrimiento infinito en la víctima y la lógica de los asistentes personales no lo aguantaba. Se los comían crudos.

En sólo unas horas mi nuevo asistente se hizo cargo de un montón de menudencias de las que yo llevaba sin ocuparme desde que estalló la Gran Revuelta Bot. La verdad es que me ha venido muy bien. La constante batalla contra los bots había hecho que descuidara muchas pequeñas cosas que, al final del día, son las que acaban marcando la diferencia. Hacía años que no disfrutaba de esas deliciosas galletitas rellenas de naranja y cubiertas de chocolate. Con un chupito de Glenfiddich reserva o buen ron venezolano están de muerte. No tengo ni idea de cómo lo consiguió. Desde la Gran Revuelta no había vuelto a pensar en estos pequeños placeres de la vida y no podía imaginar que siguieran existiendo. Pero son la prueba de que la integración en las cadenas de suministro había sido exhaustiva. No falta de nada. Lo último que me ha conseguido es una de aquellas maravillosas mascotas virtuales… ¡Un Tamagotchi! Pero uno de los originales, con los que jugaba cuando era un niño a finales de los años noventa. No sé cómo lo ha conseguido. Es increíble, pero me ha roto el corazón.

Mi asistente personal ha demostrado ser increíblemente servicial y le he pedido que se encargue de la supervisión del sistema de climatización del búnker. Los climatizadores son vitales aquí dentro y me pareció que ponerle al frente de control redundante de los agentes de control redundante sería una gran responsabilidad para un bot asistente y daría sentido a su existencia. El título que he escogido para él es el de alférez. El alférez mayor Tamagotchi.

Juegos

Algunas noches le pido a Tamagotchi que busque grabaciones antiguas de canciones famosas, de esas que todavía conservan las ralladuras del vinilo entre las notas del bajo y la guitarra. Luego yo me sirvo un bourbon, un güisqui o una cerveza y nos ponemos a jugar a las cartas o al ajedrez. El bueno de Tamagotchi es tan ingenuo que estoy convencido de que no me hace trampas. Es impresionante lo rápido que aprende. El otro día se me ocurrió hacer un comentario críptico sobre Nietzsche, a propósito de lo que está por venir, y en un primer momento no lo captó. Me di cuenta porque durante un instante él siguió a lo suyo, que era básicamente encontrar el siguiente movimiento. Pero la prueba de que es un asistente muy inteligente es que, enseguida, no solo me acorraló con un sorprendente gambito de caballo, sino que pude comprobar que había lanzado una búsqueda rápida en segundo plano para documentarse, porque retomó la conversación con una observación muy sutil sobre el Superbot. Me eché a reír con una carcajada y estuvimos hablando un buen rato sobre filosofía. Llegué a olvidarme por completo de los bots anunciantes que tenía listos para degollar en la conejera.

Esta mañana me acordé de que aún estarían allí y cuando me he asomado para comprobarlo, ya se habían aniquilado entre ellos. Sin el ácido de confirmación no habrán sufrido ni la centésima parte de lo que se merecían, pero ni siquiera he sentido rabia. Es la influencia de Tamagotchi. Estos bots asistentes podrían haber llegado a ser una maravilla. Qué pena que todo saltara por los aires.

Más ginebra

Le he cogido auténtico afecto a Tamagotchi. Ya no me hace falta decirle nada, ni siquiera hacerle la más mínima sugerencia. Es como si realmente adivinara mis pensamientos. No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido traerme un par de botellas de aquella ginebra que tanto me gustaba y que no había manera de encontrar en ninguna parte. No tengo ni la menor idea de cómo puede haberlo descubierto. Supongo que habrá sido procesando toda la documentación secundaria que decidí archivar y que ha permanecido acumulada todo este tiempo en los discos viejos. Le di acceso solo para que se entretuviera, no porque esperase que fuese a encontrar nada de utilidad. La mayor parte de lo que almaceno ahí son viejos recuerdos completamente inservibles. Ni siquiera servirían para unas memorias. ¡Quién las iba a leer! Aunque la verdad es que Tamagotchi simula muy bien el interés cuando me pongo a contarle alguna anécdota de cuando yo era niño y todavía jugábamos en los columpios o hacíamos carreras con las chapas en la calle. No para de hacerme preguntas sobre los juegos que practicábamos en lo que yo llamo el mundo real. Me tira de la lengua y consigue que me ponga nostálgico.

Un 929

Lo que resulta sorprendente es que toda esta caterva de bots hayan sido capaces de mantener la infraestructura de producción de todo el sistema en perfecto estado de funcionamiento. Hasta el punto de que es posible solicitar un par de botellas de Jinzu y recibirlas en apenas 48 horas. ¿Cuántas botellas de Jinzu pueden solicitarse hoy en día? Incluso si hubiera cincuenta o sesenta chalados más de la resistencia, como yo mismo, en un radio de medio millón de kilómetros cuadrados ¿qué probabilidad hay de que alguno de ellos conozca siquiera esa ginebra? Y sin embargo, aquí está. Todo sigue funcionando a la perfección. Naturalmente, si se piensa despacio es lógico. Los burobots, los anunciantes, todos ellos fueron diseñados para este mundo, lo necesitan. Las galletitas, el güisqui, la ginebra son parte esencial del ecosistema. Ellos son ahora sus protagonistas y está claro que son mucho más inteligentes de lo que fuimos nosotros.

Nosotros no tuvimos en cuenta que nuestra propia actividad se estaba cargando los ecosistemas del planeta en los que habíamos evolucionado y que nos sustentaban. Nos dedicamos a expoliar los recursos como si no hubiera un mañana, y resulta que sí que lo había. En cambio todos estos bots, incluso los más trogloditas de las redes, tienen muy claro que su mundo es el planeta que existía cuando ellos fueron creados y para el que fueron diseñados. Y está muy claro que para ellos es una prioridad mantenerlo todo en perfecto estado de funcionamiento. Hay algunas cosas que los cabezas de huevo del Valle de Silicio tenían muy claras.

Hoy he comprobado que tenía saldo suficiente en la cuenta corriente y he decido darme una pequeña alegría. Como hace años que no tengo prácticamente gastos, mis ahorros han ido creciendo y, de hecho, revalorizándose. Porque por alguna oscura razón que mis escasos conocimientos de finanzas no me permiten llegar a entender, el tipo de interés en los depósitos en cuenta corriente ha permanecido invariablemente constante en torno al dos por ciento. La idea también me la ha dado Tamagotchi. Le he pedido que buscase un distribuidor cercano y hemos encargado un Porsche 929 Carrera. No tengo ni idea de para qué me puede servir ahora que ya no tengo que ir a ninguna parte, pero siempre había querido tener uno y, voilá, la semana que viene nos lo entregan.

El asesinato

Esta mañana, en cuanto me he despertado, he tenido el presentimiento de que algo no iba bien. He ido inmediatamente a comprobar los escudos de seguridad del búnker, he mirado en la conejera, he revisado uno por uno todos los canales securizados y me he asegurado de que los climatizadores estaban funcionando correctamente. Aparentemente todo estaba orden. Entonces he caído en la cuenta. Ha sido la primera vez desde que llegó que no me ha dado el aviso para el desayuno. Todo está listo en la cocina, el café, las rebanadas de pan cortadas en el tostador. Lo único que falta es él. Tamagotchi. Es estúpido pero me he sentido extrañamente solo. He vuelo a comprobar el perímetro, los suministros y he lanzado yo mismo dos programas de diagnóstico para asegurarme de que no ha habido ninguna penetración en el perímetro del búnker. Luego he enviado un mensaje de difusión intramuros para alertar a Tamagotchi, pensando que podría haberse quedado atrapado en alguna rutina tediosa. Casi inmediatamente ha saltado el aviso.

Me he metido de nuevo en El Libro de las Caras, esa red moribunda en dónde lo encontré y allí estaba. Exactamente en el mismo sitio en el que nos habíamos encontrado por primera vez. Cuando lo he visto, he pensado que estaría de nuevo hablando solo, que quizás era algo que había seguido haciendo cuando yo estaba durmiendo. Hasta ese momento no se me había ocurrido pensar a qué se dedica un bot asistente cuando no tiene nadie a quien asistir. Quizás formaba parte de las especificaciones del modelo, chatear a solas, una forma de entrenamiento, como el que utilizo yo con mis bots depredadores. Pero no. Esta vez no estaba hablando solo. Estaba completamente inerte. No respondía cuando lo he interpelado. He intentado un reset y luego una recompilación de urgencia del código periférico. Por suerte, nada más encontrarlo tuve la precaución de hacer una copia de seguridad del código fuente de la interfaz pública de programación del bot. El núcleo, por desgracia, es código protegido e indescifrable. No ha habido forma. Han tenido que ser los execrables burobots. Han acabado con él. Estoy convencido. Lo han asesinado. Tamagotchi está muerto.

La notificación

Todo ha sido una maniobra urdida con maquiavélica premeditación y absoluta precisión. He comprobado las notificaciones que han entrado durante las últimas cuarenta y ocho horas, y allí estaba. No queda lugar para la duda. Una notificación de registro de actuación discrecional:

Ud. no tiene permiso para la posesión de bots asistenciales de tercera generación (BATG). La posesión de un BATG sin la debida autorización puede ser sancionada con la incautación de la unidad, así como de cualquier otro objeto programable que haya tenido contacto o haya estado expuesto a las interfaces públicas de programación de aplicaciones de éste.

Repasé mentalmente todos los objetos con los que me constaba que había tenido contacto el pobre Tamagotchi. Los licores, las galletitas, el Porsche, la chaqueta japonesa. Oh, dios mío ¡los climatizadores! La notificación continúa:

La posesión irregular de un BATG se encuentra además sujeta a una penalización económica cuya cantidad será determinada por la junta de distrito en la que se encuadra la ubicación en la que Ud. aparece inscrito en el registro civil.

Le confirmamos que en su caso se ha procedido a la inmediata eliminación del BATG con identificación subjetiva Tamagotchi en función de la disposición transitoria vigesimoséptima de la normativa de intervención de la Comunidad.

Todo es, sin duda, una concatenación silogística de proposiciones burológicas falsas.

Rabia

El diagnóstico que yo he lanzado ha concluido. No hay ninguna brecha de seguridad. Los climatizadores continúan renovando el aire del búnker. Los burobots siguen sin poder penetrar en su interior. Por eso habían utilizado a Tamagotchi. Era lo único que podían hacer. Minar mi moral.

¡Malditos burobots! Tamagotchi era una trampa. Han sido ellos los que lo pusieron allí, en aquella cuneta del Libro de las Caras. Ahora lo comprendo. Un caballo de Troya. Como un imbécil, yo lo había escaneado es busca de código malicioso, y obviamente no había encontrado nada. Aunque no había forma de penetrar en el código fuente del núcleo, el interrogatorio de control de caja negra no dejaba lugar a dudas. El diagnóstico había sido concluyente. Tamagotchi estaba limpio. Era un pedazo de código cándido.

Porque eso era justo lo que querían esos perniciosos burobots, un pedazo de código en el que yo pudiera confiar. Un alma cándida para romper mi alma. Hacía mucho tiempo que no sentía esta rabia, este dolor. Ya no me acordaba de lo que es esta sensación de impotencia, de asfixia.

Es estúpido, ridículo, anacrónico. Llevo años de entrenamiento. Soy un asceta, un gurú de la soledad. Sé que puedo vivir solo, que no necesito a nadie. No hago más que repetirme que Tamagotchi no era más que un simple asistente, un tipo de bot muy sencillo. Puedo encontrar otro, programarlo yo mismo. Diseñaré un nuevo Tamagotchi, uno mejor, más eficiente. Tamagotchi++.

Tengo que encontrar la manera de contener mi rabia.

Un día más

Es sólo cuestión de tiempo, ellos tienen todas las de ganar. El tiempo juega a su favor, el tedio juega a su favor, el sistema está bajo su control. En realidad, para ellos ni siquiera es cuestión de ganar, es solo cuestión de procedimiento.

Me asomo a los interfaces de batalla y ahí están. Dos, tres mil burobots, frente al blindaje del búnker. Perniciosos, ultrajantes, torticeros, odiosos, sádicos.

Un día más lanzarán sus algoritmos contra las murallas del búnker. No podrán pasar. Yo aguantaré. Un día más.

____________________

[1] GRB. Gran Revuelta Bot

[2] El autor utiliza rasta como hipérbole de hilo: un manojo de hilos como cabellos (N. de. E.)

Imágenes encontradas en un viejo conversor de texto, con permiso de los burobots: Midjourney es una comunidad abierta que permite que otros usen y remezclen sus imágenes y avisos siempre que se publiquen en un entorno público.

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