Hacia una historia del futuro

¿Debe la historia tratar solo sobre el pasado? Muy pocos historiadores se aventuran a realizar predicciones sobre el futuro, y los que lo hacen son vistos con escepticismo por el resto de la profesión. Por motivos metodológicos, la mayoría de los historiadores rechazan como poco práctico, quijotesco, arrogante o incluso peligroso cualquier esfuerzo por examinar el pasado como una forma de hacer predicciones sobre el futuro. Pero qué pasaría si los historiadores rompieran una de las barreras disciplinarias más rígidas de su profesión, y se aventuraran sin complejos en el futuro. ¿Qué pasaría si los historiadores extendieran el proceso del pensamiento histórico al dominio de los estudios de futuro?

Esta es la pregunta que se formula David Staley en “Una historia del futuro”, un ensayo publicado hace ahora veinte años en History and Theory(1), con el objetivo de explorar esta idea y en la que nos introduce a algunos de los irreverentes pensadores que han especulado con ella.

Arnold Toynbee nos dice que hay tres métodos diferentes de ver y presentar los objetos de nuestro pensamiento y, entre ellos, los fenómenos de la vida humana. El primero es la verificación y el registro de «hechos»; el segundo es la elucidación, por medio de un estudio comparativo de los hechos comprobados, de «leyes» generales; y el tercero es la recreación artística de los hechos en forma de ‘ficción’. La determinación y el registro de los hechos es la técnica de la historia(2).

La tarea del historiador, tal como la formuló Leopold von Ranke en la era dorada la historia científica, es mostrar lo que realmente sucedió (wie es eigentlich gewesen ist)(3). El pasado puede reconstruirse a partir de una evidencia que los historiadores son capaces de rastrear y recuperar, tal como nos describe con incontenible ironía Warren Wagar(4).

💬 Uno se atrinchera en los archivos, lee todas las fuentes primarias, conecta los puntos y ¡listo! El resultado será una narrativa bien documentada que reconstruye el pasado de manera objetiva y científica. Es cierto, el descubrimiento de nuevas pruebas podría obligar a reescribir la narración en algún momento posterior (nada está realmente grabado en piedra), pero el método en sí sería más o menos infalible.

El futuro en cambio es terra incognita. Por definición, el futuro no nos lega fuentes primarias, no hay archivos dónde rastrearlo, y en consecuencia, no puede ser estudiado, o no al menos por los historiadores profesionales. Los historiadores evitan el futuro porque lo ven un dominio inaccesible, más allá del alcance de la investigación, y porque se muestran sensatamente escépticos sobre las predicciones. Aquellos que han pensado en el futuro -o cuyas ideas han usado otros para pensar en el futuro- se han movido en el terreno especulativo de la filosofía de la historia, o directamente en el terreno de la ficción.

El vacío que dejan los historiadores al concentrarse en el registro de los hechos y restringir su investigación al pasado, lo han ocupado de manera natural los escritores de ciencia ficción que, operando fuera de los límites que establece la disciplina académica, son libres de dar rienda suelta a una imaginación más o menos disciplinada.

Los límites parecen establecidos de manera precisa e intuitiva. Los historiadores se ocupan del pasado tangible y los escritores de ficción del futuro aún inexistente. El negocio del historiador es la verdad de los hechos, y el negocio del escritor, como lo expresa de manera sucinta Ursula K. Le Guin, la mentira. Seguramente es algo que a la mayoría nos parece lo más normal del mundo, porque parte de la sabiduría que recibimos de nuestros mayores y, como bien observó Douglas Adams todo lo que ya existe en el mundo cuando naces es normal(5).

¿Pero es realmente tan nítida esa frontera? Lo que no recoge la brillante observación de Adams, es que a partir de los treinta, también comienzas a ganar perspectiva y hacerte preguntas incómodas y la objetividad de la historia (que te han contado) comienza a derrumbarse. En un país como España que, por lo que se ve, todavía tiene cuentas pendientes con la historia y, desde luego, un problema con el futuro, esto es bastante evidente, o por lo menos para algunos.

H.G. Wells es un claro ejemplo de escritor (mentiroso) que se niega a aceptar los límites de la disciplina histórica y, como mente inquieta y brillante que fue, los traspasó de manera repetida y consistente, yo diría con absoluta determinación para abrir un nuevo espacio de estudio. Cualquiera que haya leído “La máquina del tiempo”, su primera novela y obra de culto del género de la ciencia ficción, enseguida percibe que Wells no se entretiene con los detalles del artefacto, no se recrea en la ciencia o la tecnología que habilita su ficción. No está haciendo, por tanto, ciencia ficción dura. Wells va directo al grano. El protagonista se introduce en la máquina del tiempo, novum inexplicado e irrelevante para el auténtico propósito del escritor, y se proyecta al futuro en busca de su historia. Sobre lo que quiere hablarnos el joven H.G. Wells, idealista y socialista a finales del siglo XIX, es un futuro de desigualdad creciente en el que la especie humana se divide, algo que quizás no sea una idea tan descabellada, después de todo.

Pero por si la máquina del tiempo no llegaba a cualificar en una auténtica categoría de historia del futuro, H.G. Wells decidió emplearse mucho más a fondo. Entre su obra de no ficción futurista más temprana destaca «Anticipations» (Anticipaciones), una colección de nueve extrapolaciones sobre el futuro. Como historiador más formal, Wells publicó «The outline of History» (Esquema de la historia universal), criticada por los historiadores profesionales pero de extraordinaria popularidad en su época, y «A Short history of the World» (Una breve history del mundo). Pero la obra de Wells que, a mi profano entender, mejor cualifica como ejemplo de historia del futuro es una de sus obras más conocidas de madurez. «The Shape of Things to Come» (La forma de las cosas que están por llegar) pasa por ser una obra más de ciencia ficción, pero para mí descargo citaré esta ilustrativa nota en una reseña que encontré hace poco en Amazon:

💬 Digo «historia del futuro» en lugar de «novela» con un significado preciso. Al igual que Last and First Men, The Shape of Things to Come no es realmente una novela: tiene muy poca caracterización y, de hecho, pocos personajes nombrados participan en algo parecido a un diálogo normal o una trama. En realidad, está configurado como si realmente fuera una historia de los últimos 200 años, escrita en 2106 (como afirma el narrador). Los únicos lugares donde es dramático es donde uno podría esperar que un libro de historia animado y bien escrito lo sea.

💬 Esto, por supuesto, lo arruina como novela, pero eso nunca fue lo que Wells pretendió. Apuntaba a una «historia futura» y, como tal, este libro realmente tiene más en común con obras como Star Trek Spaceflight Chronology_que con las novelas de ciencia ficción en general.

Afiche publicitario de la película de 1936 de Alexander Korda sobre la obra de H. G. Wells, Cosas por venir. Imágenes de Alamy

Efectivamente, Stapledon. «Last and First Men»… Otro gran ejemplo de historia del futuro. O ya puestos, «Starts Maker» probablemente la obra de imaginación más poderosa jamás escrita. Pero todo esto, claro, no es verdadera historia, ¿no es así?

W. Warren Wagar. Pasado, futuro y postmodernismo

En el artículo ya citado “Past and Future”, Warren Wagar describe como la revolución posmodernista con su desacreditación de lo definitivo y su deconstrucción del documento, desenmascara toda una serie de suposiciones hasta entonces incuestionables sobre la idea de una historia objetiva que defendían los historiadores. Los historiadores, como los novelistas, son narradores, nos dice Hayden White. Más que desenterrar historias, ellos las crean. Keith Jenkins resume la comprensión posmoderna de la historiografía como un artefacto verbal, un discurso narrativo en prosa… construido por trabajadores presentes e ideológicamente posicionados… que operan en varios niveles de reflexividad. El trabajo que hacen puede verse como si tuviera lugar enteramente en el presente. Además, la contundencia de esa obra puede admitirse sin que el pasado per se esté en ella, excepto de manera retórica.

En definitiva, los historiadores infectados por la teoría posmodernista reconocen que lo que hacen es crear textos a partir de textos, que pueden leerse de formas infinitamente diferentes pero que, de ninguna manera, recuperan o reconstruyen el pasado real. El pasado real sucedió, pero ya no existe, ni un solo nanosegundo. Por lo tanto, el pasado es tan inaccesible como el futuro.

💬 Más o menos había descubierto todo esto por mí mismo mucho antes de saber qué era una teoría posmodernista. Pero los posmodernistas seguramente han contribuido a agudizar mi pensamiento sobre estos temas. (Wagar)

Estoy seguro de que a Wagar le hubiese encantado esta brillante reflexión de Javier Marias en su discurso de ingreso en la real Academia de la lengua española, titulado «Sobre la dificulta de contar»:

💬 Si ustedes me apuran, y me permiten la exageración, hasta me atrevería a decir que contar, narrar, relatar es imposible, sobre todo si se trata de hechos ciertos, de cosas en verdad acaecidas. Aunque el ánimo de un relator sea el de contar tal como fue lo sucedido; aunque el que narre sea un cronista y no haya nada más lejos de su intención que inventar nada, y lo que desee sea, por el contrario, ceñirse exclusivamente a lo ocurrido; aunque se trate de la más concisa y objetiva deposición de un testigo ocular en un juicio, que ponga su máximo empeño en ser veraz y, como tantas veces hemos oído en las películas americanas, jure decir la verdad, toda la verdad y nada más que ia verdad; aun así, en todos esos casos, se pretende llevar a cabo una tarea imposible.

💬 En el momento en que interviene la palabra, en el momento en que se aspira a que la palabra reproduzca lo acontecido, lo que se está haciendo es suplantar y falsear esto último. Sin querer se lo deforma, tergiversa, distorsiona y contamina. Se lo fragmenta y se convierte en sucesivo io que fue simultáneo. Se lo delimita con un principio y un fin artificiales, que quedan al siempre discutible criterio del relator, él los establece. Inevitablemente se introduce un punto de vista y por lo tanto una subjetividad.

El testimonio de Wagar como historiador y futurista o historiador del futuro es iluminador.

💬 Como uno de los pocos historiadores en ejercicio con credenciales de futurista, me encuentro bajo constante sospecha por parte de mis colegas.

Su carrera comienza con una tesis doctoral sobre la obra de H. G. Wells, publicada en 1961 con el título H. G. Wells y el Estado Mundial. En 1974 comenzó a impartir el curso “Historia del Futuro” en la universidad de Birmingham y en 1989 publicó “A Short History of the Future”, que tendría dos revisiones sustanciales en 1992 y 1999(6).

Para Wagar la única diferencia entre el pasado y el futuro es la posición en el tiempo del observador.

💬 El futuro no se ramifica en muchas direcciones en una coyuntura crítica que llamamos presente. Solo habrá un futuro, el mismo para toda la humanidad, la Tierra, la galaxia y el universo, así como solo hubo un pasado, que avanza momento a momento a lo largo de una línea de tiempo en constante movimiento.

Y los académicos que tienen el hábito de contar historias sobre el pasado están especialmente bien posicionados para desentrañar ese futuro.

💬 Los buenos historiadores, sospecho, tanto si piensan en ello como si no, tienen el futuro en sus huesos. Además de la pregunta: ¿Por qué? el historiador también se hace la pregunta: ¿A dónde?» (E. H. Carr, en Wagar op. cit.)

Incluso si cada alma que vivió en algún momento, razona Wagar, nos hubiese dejado un registro documental de todo lo que hizo, dijo o pensó, aun así seríamos incapaces de conocer el pasado como una auténtica realidad. El futuro es muy similar, excepto que nuestra documentación es más escasa.
El problema de la recuperación y el problema de la anticipación son en el fondo el mismo problema.

💬 El problema de la recuperación y el problema de la anticipación son en el fondo el mismo problema.

Necesitamos a los historiadores como necesitamos la facultad de la memoria. Siempre que no encasillemos y deifiquemos sus discursos, podrán ayudarnos a vivir vidas más plenas y tal vez incluso más sabias. La historiografía tiene mucho que ofrecer a los estudios de futuros. La razón es sencilla.

💬 Todos los métodos a los que recurren los futuristas se reducen, a mi juicio, a uno solo: la construcción de múltiples escenarios, ya sea por modelos informáticos o por simples corazonadas, por la extrapolación de tendencias o por analogías históricas, por la teoría cíclica de la historia o por la teoría del sistema mundo.

Esta idea es con la que conecta la tesis de Staley.

Los historiadores podrían (¿deberían?) ir más lejos. Escenarios

En el artículo ya citado “Una historia del futuro”, David Staley que la «Historia” es tanto un sustantivo como un verbo. Se refiere tanto a una materia o área de conocimiento como a un proceso de pensamiento disciplinado que implica plantearse preguntas, reunir evidencias, encontrar patrones en la evidencia, escribir narraciones y criticar las narraciones escritas por otros. Sea cual sea el tema que estudien, todos los historiadores emplean el proceso de pensamiento histórico.

La propuesta de Staley es que los historiadores podrían tomar la iniciativa en la exploración de los métodos de su disciplina para pensar sobre el futuro sin caer en la trampa (o la tentación) de las predicciones. El resultado sería un nuevo tipo de historia no convencional: una historia del futuro.

De entre todos los métodos ideados para pensar sobre el futuro, la planificación de escenarios es el que más se acerca al nuevo pensamiento sobre la complejidad y las incertidumbres de la predicción. Quizás no por casualidad es el que más se aproxima al pensamiento histórico. Los escenarios son construcciones heurísticas que exploran la plausibilidad de lo que podría llegar a ser.

La construcción de escenarios comienza con la formulación de preguntas muy a menudo del tipo «qué pasaría si». Una vez que se ha formulado la pregunta, el guionista debe “explorar el entorno” en busca de las «fuerzas impulsoras», los «factores clave que determinarán (o ‘impulsarán’) como resultado» el escenario que se está creando. Explorar el entorno significa que el escritor de escenarios debe absorber muchos datos e información del entorno presente para identificar las fuerzas impulsoras.

El escritor de escenarios construye luego varias historias o narrativas que exploran las implicaciones de cada «trama». Cada versión del futuro tiene su propia «lógica» que conecta los elementos del sistema». Los diferentes escenarios pueden entenderse como «atractores» hacia los que puede gravitar el futuro. Si la predicción es la meta a la que han aspirado los futuristas de mentalidad científica, la escritura de escenarios bien podría ser la nueva meta que conecta las nuevas ciencias con el futurismo.

Los escritores de escenarios no son científicos, ni utilizan el lenguaje científico. Un escenario no es más que una herramienta para ordenar nuestras percepciones sobre futuros alternativos. En lugar de hacer predicciones, los historiadores podrían emplear la narrativa de escenarios empleando las mismas técnicas que usan cuando escriben sobre el pasado.

Historias del futuro

A finales del siglo XX y de su carrera, Wagar se mostraba escéptico sobre la posibilidad de que los estudios del futuro puedan llegar a convertirse en un miembro respetado de la familia de las llamadas ciencias sociales. Sus temores continúan plenamente vigentes hoy y la historia del futuro dista mucho de haberse consolidado como disciplina académica. En el mejor de los casos permanece envuelta en la indefinición que envuelve a los estudios de futuro y flirteando con descaro con la ciencia ficción.

A History of the Future, Miniserie de TV, 2019

Obras con el título explícito de “Historia(s) del futuro” o ligeras variaciones (corta, breve, etc.) son recurrentes en géneros creativos diversos, desde la ficción más estricta hasta la divulgación científica y tecnológica, pasando por supuesto por la ciencia ficción más o menos dura(7), y el ejercicio más o menos formal de escenarios en el contexto de los estudios de futuro. La contraposición de historia y futuro en el concepto historia del futuro continúa teniendo un carácter provocador y su mención explícita estimula enseguida nuestra imaginación, o cuando menos choca con nuestra razón y no nos deja indiferentes. Como muestra de ello(8), dos publicaciones recientes muy diferentes que me por diferentes razones resultan particularmente cercanas: El documental “A History of the Future” (2019) de Diego Rubio, actual director de la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia País a largo plazo en España, y el ensayo sobre el futurismo y los profetas de futuro desde H.G. Wells hasta Isaac Asimov, “A History of the Future” (2017) del historiador de la ciencia (biología) Peter Bowler.

💬 Habiendo tenido siempre un interés de aficionado por la ciencia ficción, me pareció natural vincular las dos áreas de predicción y buscar generalizaciones.

Mucho ejercicios que encajan en el estado del arte de la historia del futuro reciben, por supuesto, títulos específicos en función de su ámbito y objetivos. Sin embargo, es habitual que incluyan el año objetivo o el número de años objeto de anticipación. Las razones para escoger un año o periodo concreto en el título pueden ser de lo más diverso (y lo digo por experiencia directa) pero la referencia temporal explícita en el título sirve como ancla para fijar la narrativa dentro de esa línea temporal que avanza desde el pasado al futuro sin solución de continuidad. Cuando el autor desea auténtica libertad para su obra creativa, lo normal es que tire de esa ancla para adentrarse sin cadenas en el océano de la especulación.

Los horizontes o marcos temporales de las historias del futuro oscilan entre el más inmediato futuro, el más habitual en la anticipación tecnológica que predomina en la empresa y que cuando es objeto de publicación suele tener un énfasis en la divulgación y el marketing, el futuro a medio y largo plazo con horizontes de máximo 50 años que predomina entre los think tanks e instituciones diversas en el ámbito económico financiero y político que asesoran o intentan influir en gobiernos y administraciones, hasta los ejercicios más extravagantes de especulación salvaje que culminan, como en el caso de Olaf Stapledon, con la historia completa del universo. Ignoro si alguien se ha atrevido ya con la historia de los futuros alternativos en el multiverso, pero no me sorprendería que alguien lo haya intentado.

La muy citada frase, atribuida como suele ocurrir a diversos personajes ilustres: los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla, encierra un mensaje muy nítido para una sociedad: knosce te ipsum, y en particular a tu enemigo, como detalla aquí Williamson Murray:

💬 El estudio de la historia no proporciona un camino claro y seguro para comprender el futuro. En el mejor de los casos, sus lecciones son inciertas y ambiguas. No importa cuán sofisticados y elocuentes lleguen a ser los historiadores, solo pueden presentar aproximaciones limitadas del pasado, y más aún del presente o el futuro, los cuales invariablemente contienen sorpresas, así como cambios y desafíos inesperados. Sin embargo, la historia, en letras grandes, representa el mejor laboratorio que posee la humanidad para comprender el futuro. Por supuesto, existen otras disciplinas para pensar el futuro, particularmente cuando abordan temas que tienen que ver con la naturaleza humana, como la antropología, la psicología y la literatura. Pero casi invariablemente, estas disciplinas abordan mejor el futuro cuando la historia les proporciona un contexto. La teoría de juegos también puede aproximarse al futuro con cierta precisión, como los juegos SIGMA de 1965, que subrayaron que la escalada gradual no funcionaría contra los norvietnamitas. Las ideas obtenidas en esos juegos se basaron en gran medida en las experiencias históricas de los franceses en su guerra perdida contra el Viet-Minh entre 1946 y 1954. Este apoyo en el contexto histórico en casi todos los esfuerzos predictivos de utilidad es relevante porque solo las disciplinas basadas en la historia proporcionan el camino natural a la advertencia de Sun Tsu de que, por encima de todo, «uno debe comprender al enemigo», así como a uno mismo.

Observando el momento presente, que incluso los más optimistas tecno utópicos se ven obligados a reconocer como uno de los más duros de los últimos tiempos, y de manera muy especial la guerra de Ucrania tras haber leído la detallada argumentación del homínido confundido que nos ha conducido hasta este momento de ignominia de la historia, me gustaría cambiar la propuesta de Santayana por una ligeramente diferente. Los pueblos incapaces de imaginar su futuro están condenados a repetir el curso de (su) historia.

____________________

(1) Staley, David J. ‘A History of the Future’. History and Theory 41, no. 4 (2002): 72–89. En 2006, publicó el libro “History and Future: Using Historical Thinking to Imagine the Future”

(2) Arnold Toynbee, Study of History Abridgement, History, Science & Fiction

(3) Ranke, «Preface: Histories of the Latin and Germanic Nations from 1494–1514», in F. Stern, The Varieties of History, p. 57

(4) Wagar, W. Warren. ‘Past and Future’. American Behavioral Scientist 42, no. 3 (1 November 1998): 365–71.

(5) Todo lo que ya existe en el mundo cuando naces es normal. Cualquier cosa que se invente entre ese momento y antes de que cumplas treinta es increíblemente emocionante y creativa, y con un poco de suerte puedes hacer una carrera con ello. Todo lo que se invente después de los treinta años va contra el orden natural de las cosas y es el principio del fin de la civilización tal como lo conocemos… Douglas Adams.

(6) Quizás por qué una de sus previsiones es que la Unión Soviética duraría 200 años, cosa que en los años noventa del siglo pasado pudo parecer equivocada, pero que en la cabeza y la obra de algunos se mantiene (todavía hoy) muy presente.
(7) El objetivo de la ciencia ficción no es necesariamente ni siquiera primordialmente el futuro, pero éste tanto si es una mera excusa como si es realmente objeto central de la especulación, suele tener un papel destacado.

(8) Como muestra, un botón

  • Louis-Sébastien Mercier, L’An 2440, rêve s’il en fut jamais, 1771
  • Émile Souvestre, Le Monde tel qu’il sera, 1846 (Año 3000)
  • H.G. Wells, La máquina del tiempo, 1895 (A.D. 802,701 -Eloi Morlocks, y hasta 30 millones de años al final)
  • H. G. Wells, The Shape of Things to Come, 1933 (Año 2106)
  • Olaf Stapledon, Last and First Men, 1930 (Fin del Sistema Solar)
  • Olaf Stapledon, Star Maker, 1937 (Fin del Universo)
  • F.E. Smith, E. McKnight Kauffer (Illustrator), The world in 2030 A.D.
  • John Langdon-Davies, Short History of the Future, 1936
  • Foreign Policy Association, Toward the year 2018, 1968
  • Herman Kahn, The Next 200 Years, 1976
  • W. Warren Wagar, A Short History of the Future, 1989 (Año 2200)
  • Gerard K. O’Neill, 2081: A Hopeful View of the Human Future, 1981
  • Christophe Canto, Odile Faliu, The History of the Future: Images of the 21st Century,1993
  • Jacques Attali, A Brief History of the Future, 2006 (Próximos 50 años)
  • James Howard Kunstler, A History of the Future 2014 (Ficción)
  • Diego Rubio Rodríguez, History Channel (con la colaboración de IE). A History of the Future.
  • Blake J. Harris, The History of the Future, Oculus, Facebook, and the Revolution That Swept Virtual Reality, 2020

Imagen destacada: Madrid 2021, Ecotopia 2121

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