Sombras de la raza que está llegando

George Eliot1

Mi amigo Trost, que por el momento no es optimista sobre el estado del universo, pero confía en que en algún período futuro dentro de la duración del sistema solar, el nuestro será el mejor de todos los mundos posibles, una esperanza que valoro siempre como signo de sus cualidades benéficas; mi amigo Trost, decía, siempre trata de mantenerme animada ante la contemplación del trabajo tan extremadamente desagradable y deformador mediante el que muchos de nuestros semejantes se ven obligados a conseguir su sustento, con la seguridad de que «todo esto pronto será realizado por medios mecánicos». Pero a veces neutraliza su consuelo al extenderlo sobre un área tan vasta del trabajo humano, e insistiendo de manera tan obstinada en la cantidad de energía que de esta manera se liberará para propósitos más elevados, que me siento tentada a desear una ocasional hambruna de invención para las edades venideras, no sea que los tipos de trabajo más humildes acaben siendo completamente anulados mientras aún quedan hombres y mujeres que no son aptos para los más elevados.

De manera muy especial, cuando se considera la forma tan superficial en que algunas de las tareas más excelsas son ejecutadas por aquellos que se supone que han sido instruidos para realizarlas, surge una visión aterradora de la especie humana evolucionando su maquinaria para quedarse, a continuación, de manera fatal, sin trabajo. Cuando observo en el Banco de Inglaterra una primorosa máquina para comprobar soberanos, un pequeño e implacable Radamantis de acero astuto que, en cuanto se le entregan las monedas, las levanta y las calibra una detrás de otra durante una simple fracción de segundo, hasta que las encuentra válidas o deficientes, y las despacha a derecha o izquierda con rigurosa justicia; cuando me hablan de micrómetros, termopilas y tasímetros[2] que tratan con la física de lo invisible, lo impalpable y lo inimaginable; de astutos alambres, ruedas y agujas puntiagudas que registrarán tu rapidez y la mía para excluir opiniones halagadoras; de una máquina para extraer la conclusión correcta, que sin duda acabará convirtiéndose en un autómata para encontrar las premisas verdaderas; de un micrófono que detecta la cadencia del pie de una mosca en el techo, y que en breve discriminará los ruidos de nuestras diversas insensateces mientras soliloquiamos o conversamos en nuestros cerebros (mi mente se me antoja demasiado pequeña para estas cosas), me pongo un poco fuera de si, como un desafortunado salvaje obligado a enfrentarse de manera abrupta con la civilización, y exclamo:

─ ¿Me encuentro ya a la sombra de la nueva raza que está por llegar? Serán las criaturas que transcenderán y finalmente nos superarán organismos de acero, que emitiendo efluvios de laboratorio realizarán con infalible exactitud más de lo que nosotros hemos realizado con nuestra aproximación descuidada y autodestructiva imprecisión?

─ Pero─ me responde Trost, tratándome con cauta amabilidad al oírme desahogar mi idea delirante ─olvidas que estos maravillosos trabajadores son los esclavos de nuestra raza, precisan de nuestra atención y regulación, obedecen los mandatos de nuestra conciencia y son sólo los portadores sordos y mudos de información que nosotros desciframos y utilizamos. Son meras extensiones del organismo humano[3], por así decirlo, miembros inconmensurablemente más poderosos, yemas de dedo cada vez más finas, con un dominio cada vez mayor sobre lo invisiblemente grande y lo invisiblemente diminuto. Cada nueva máquina requiere de una nueva aplicación de la habilidad humana para construirla, nuevos dispositivos para alimentarla con materiales y, a menudo, una mayor agudeza mental para apreciar sus registros o actuaciones. ¿Cómo podrían las máquinas reemplazarnos? Dependen de nosotros. Cuando nosotros cesamos, ellas cesan.

─No estoy tan segura de eso ─digo yo, regresando a mis pensamientos y argumentando de manera más deliberada ─Si, como te he oído afirmar, las máquinas, a medida que se perfeccionan cada vez más, requerirán cada vez menos atención, ¿cómo podemos saber que no están hechas, o que en última instancia no puedan evolucionar por sí mismas, para autoabastecerse, autorrepararse y reproducirse? Y que no solo pueden hacer todo ese portentoso y sutil trabajo en este planeta mejor de lo que podríamos hacerlo nosotros, sino además con la inmensa ventaja de suprimir de la faz de la Tierra nuestras gritonas consciencias que, como corresponde a una raza comparativamente torpe, hacen un ruido intolerable y alardean constantemente de cualquier logro incluso tan insignificante como el de una hormiga, contemplando el trabajo como si tratara de hacer sonar un sonajero aquí o tocar una trompeta allá, con una ridícula sensación de eficacia. Yo por mi parte no veo ninguna razón por la que un pensador suficientemente perspicaz, capaz de mirar más de mil años en el futuro, no pueda concebir un parlamento de máquinas, en el que los modales serán excelentes y los movimientos de una lógica infalible. Un honorable instrumento, un descendiente remoto de los dispositivos de Volta, podría descargar una poderosa corriente (carente por completo de animosidad) sobre otro instrumento igualmente honorable de la oposición, de origen más reciente pero perteneciente a la raza de afiladas herramientas que observamos ya en Sheffield, donde se lamina el hierro duro como si fuera queso meloso; con esta descarga dirigida de manera infalible sobre los movimientos correspondientes a lo que llamamos Estimaciones, y como necesaria consecuencia mecánica sobre los movimientos correspondientes a lo que llamamos Fondos, a los que con una torpe analogía a veces nos referimos como «sensibles». Porque toda máquina estaría perfectamente educada, es decir, tendría los ajustes moleculares adecuados, que actuarían de manera no menos infalible por el hecho de estar libres del quisquilloso acompañamiento de esa conciencia a la que nuestro prejuicio otorga un rango rector supremo, cuando lo cierto es que se trata solo de un parásito inútil en el devenir de los acontecimientos.

─ ¡Nada de eso! ─responde Trost, enojándose y juzgando amable tratarme con cierta severidad ─Lo que me has oído decir es que nuestra raza debe actuar y lo hará como un centro nervioso para el desarrollo ulterior de los procesos mecánicos. Los poderes sutilmente refinados de las máquinas reaccionarán produciendo procesos de pensamiento si cabe aún más sutilmente refinados que ocuparán las mentes liberadas del trabajo más burdo. Supongamos, por ejemplo, que todo el trabajo de recogida de basura en Londres se realizara, en lo que respecta a la necesidad de atención humana, por la simple presión ocasional de un botón de latón (tal como el que hace sonar un timbre eléctrico) Tendremos entonces una multitud de cerebros liberados para el exquisito disfrute de tratar con las secuencias exactas y las elevadas especulaciones suministradas e impulsadas por las delicadas máquinas para proporcionar una respuesta a las estrellas fijas, y para leer los vórtices espirales involucrados de manera sustancial en la producción de poemas épicos o las grandes arengas judiciales. Lejos de que la humanidad se quede sin trabajo según tu concepción —concluye Trost, con una peculiar nota nasal de desprecio—, si no fuera por tu incurable diletantismo en ciencia como en todas las demás cosas, si hubieras entendido el funcionamiento de una máquina delicada, percibirías que las secuencias necesarias para transportarnos a través del extenso reino de los fenómenos requerirían muchas generaciones, tal vez eones, de entendimientos considerablemente más robustos que el tuyo, hasta llegar a agotar la inmensa pila de trabajos que aún quedan por abordar.

─Precisamente─ continúo yo con una mansedumbre que me parece digna de elogio ─es la debilidad de mi capacidad, que me sitúa más próxima que tú al promedio humano, lo que quizás me permite imaginar ciertos resultados mejor que tú. Sin duda los peces de nuestros ríos, por ingenuos que parezcan y por lentos que sean para llegar al convencimiento cierto sobre el orden de los hechos, se forman menos falsas expectativas sobre los demás que las que nos formaríamos nosotros sobre ellos si llegáramos a estar en una posición de relación algo más plena con su especie; porque incluso ahora no dejamos de sorprendernos de que no se fijen en nuestro cebo cuidadosamente preparado. Tómame por tanto como una especie de carpa reflexiva y experimentada; pero no juzgues la bondad de mis ideas por la expresión de mi rostro.

─ ¡Puah! ─dice Trost. (Nos expresamos ya con toda confianza.)

─Naturalmente─ insisto ─es menos fácil para ti que para mí imaginar nuestra especie trascendida y superada, ya que cuanta más energía posee un ser, más difícil es para él concebir su propia muerte. Yo, desde la óptica de una carpa reflexiva, puedo imaginarme sin dificultad a mí misma y a mis congéneres suprimidos del orden natural de las cosas y cediendo el paso a una entidad no solo superior sino de un tipo muy diferente. Lo que te pediría es que me mostrases por qué, si cada nueva invención arroja nueva luz a lo largo del camino del descubrimiento, y cada nueva combinación o estructura pone en juego más condicionantes que los que su inventor previó, no podría llegar a existir una máquina con tan excelsos poderes mecánicos y químicos que fuera capaz de asimilar el material necesario para reaprovechar su propio desperdicio, y que después, mediante alguna evolución ulterior de sus movimientos moleculares internos, se reprodujera a sí misma por medio de algún proceso de fisión o brotadura. Una vez alcanzada esta etapa, ya fuera por invención directa del hombre o como una reacción imprevista, es fácil ver que el proceso de selección natural debería expulsar por completo a los hombres del terreno de juego; si bien mucho antes habrían comenzado a hundirse en la miserable condición de esos infelices personajes de fábula que, teniendo a su disposición demonios o genios[4], y viéndose obligados a proporcionarles trabajo, pronto descubrieron que no tenían nada que hacer. ¿Qué demonios más potentes que los movimientos moleculares, no menos potentes por no tener que sobrellevar la carga inútil de una conciencia que chilla, irrelevante como un ave atada cabeza abajo a la silla de un veloz jinete? En circunstancias tan incómodas, nuestra especie disminuiría con la disminución de su demanda de energía, y para el momento en que surgieran las máquinas capaces de autorrepararse y reproducirse, todos excepto unos pocos de esos raros inventores, calculadores y especuladores, se habrían vuelto pálidos, blandengues y cretinos por la acumulación de grasa u otro tipo de degeneración, y a su alrededor merodearía una escasa descendencia hidrocefálica. En cuanto a la casta de los ingeniosos e intelectuales, sus sistemas nerviosos acabarían sobreexcitados siguiendo las revelaciones moleculares de la especie inconsciente inmensamente más poderosa, y naturalmente, como las combinaciones de movimiento menos energéticas, desaparecerían como la llama de una vela a la luz del sol. De esta manera, la raza más débil, cuyos ajustes corporales, acompañados por esa conciencia maníaca que se imaginaba moviendo el motor, se habrá desvanecido, como lo hacen todas las existencias menos adaptadas antes que las más aptas, es decir, la existencia compuesta por el conjunto más persistentes de movimientos, los más capaces de incorporar nuevos conjuntos de movimientos en armoniosa relación.

» ¿Quién, si como me ha sido dado entender nuestra conciencia es un mero tropiezo de nuestros organismos en su camino hacia la perfección inconsciente, quién dirá que esas existencias más aptas no se encontrarán en el camino de lo que llamamos combinaciones inorgánicas, que llevarán a cabo los procesos más elaborados tan silenciosamente y sin dolor como se nos dice ahora que los minerales se metamorfosean continuamente en el oscuro laboratorio de la corteza terrestre? Así, este planeta podría estar lleno de seres que serán ciegos y sordos como la roca más recóndita, pero que ejecutarían cambios tan sutiles y complicados como los del lenguaje humano y toda la intrincada maraña de lo que llamamos sus efectos, sin impresión consciente, sin impulso consciente. Podría haber, digamos, oraciones mudas, rapsodias mudas, discusiones mudas, y no haber si siquiera conciencia para disfrutar del silencio.

─ ¡Absurdo! ─refunfuña Trost.

─ La suposición es lógica ─respondo yo. ─Está bien argumentado a partir de las premisas.

─ ¿Qué premisas? grita Trost, revolviéndose hacia mí con cierta fiereza. ─Espero que no querrás decir las mías.

─ ¡Dios no lo quiera! Son premisas que parecen volar por el aire junto con otros gérmenes y que han encontrado algo así como un nido en mis fantasías melancólicas. Nadie realmente las sostiene. Tienen la misma relación con las creencias reales que caminar sobre la cabeza durante un espectáculo con huir de una explosión o apresurarse para coger el tren.


[1] Mi traducción© del cuento de George Elliot (Mary Ann Evans) «Shadows of the Coming Race», publicado en 1879 en la colección Impressions of Theophrastus Such (obra en dominio público).

[2] El tasímetro, o microtasímetro, o medidor de presión infinitesimal, es un dispositivo diseñado por Thomas Edison para medir la radiación infrarroja.

[3] McLuhan 100 años antes de McLuhan

[4] “djinns” en el original

Imagen: Midjourney Bot ¡La raza que está ya llegando! 😉

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