Somos la cuerda que cruza el abismo

El exceso es mucho más raro que la falta de imaginación. Cuando ocurre, generalmente condena a su desafortunado poseedor a la frustración y el fracaso, a menos que sea lo suficientemente sensato como para limitarse a escribir sobre sus ideas y no intentar hacerlas realidad. (Arthur C. Clarke)

Arthur C. Clarke es considerado uno de los grandes visionarios de los últimos cien años1. Reconocido como escritor de ciencia ficción y como futurista. Clarke es citado tan a menudo por su obra de ficción, con 2001 como máximo exponente consagrado por el cine, como por su percepción clarividente sobre la ciencia y la tecnología, sus famosas tres leyes, por ejemplo, o sus acertadas predicciones en el campo de las telecomunicaciones.

Como muchos grandes creadores y autores interesados en la especulación sobre el futuro, Arthur C. Clarke utilizó tanto la ficción como el ensayo, siendo posiblemente consciente de que el ensayo es la vía más rápida para llegar hasta un lector más intelectual y/o propiciar el debate en el mundo académico y profesional, pero también que para llegar a un público más amplio es necesario recurrir a la inmersión de la ficción. Y que esta es asimismo la forma de eludir barreras y formalismos y dar rienda suelta a la imaginación.

En 1962 publicó la colección de ensayos Perfiles del Futuro (Profiles of the future2) que voy a utilizar para destacar dos aspectos que me interesan de la aproximación de Arthur C. Clarke.

El primero es su aproximación sin complejos a la predicción científica y tecnológica. Clarke no se limita a destacar la importancia, cada vez mayor, de la predicción a muy largo plazo, sino que, de hecho, comparte con nosotros su satisfacción al hacerlo y alardea de su “capacidad” para anticipar el futuro: En cuanto a mis calificaciones para el trabajo, me basta con dejar que el registro de lo que he publicado hable por sí mismo.

Cuando lo hace, no obstante, es perfectamente consciente de que diferentes futuros son posibles y, en muchos casos, excluyentes: El futuro tendrá que elegir entre un gran número de posibilidades excepcionales en competencia. Cuando es así, me limito a describir cada posibilidad como si las otras no existieran.

Asimismo, que es más sencillo anticipar futuros posibles, que intentar predecir el momento en que ocurrirán: Mi única preocupación es el qué, no el cuándo.

El segundo aspecto esencial en la obra de ficción de Arthur C. Clarke es el de la trascendencia. ¿A dónde va el ser humano?3 Tema principal en dos de sus obras más conocidas. Para mi gusto 2001 con Kubrick es demasiada críptica y El fin de la infancia (Childhood’s End) demasiado mística, pero debo reconocer que me fascina su mirada sobre la evolución del ser humano, que es al mismo tiempo tremendamente escéptica y optimista. Clarke nos contempla como un simple paso evolutivo en dirección a un ser superior. De hecho, para Clarke la tecnología (la máquina) es superior y el destino último e inevitable, de una manera que anticipa y se alinea de manera muy clara con el concepto de singularidad o la visión de Kevin Kelly (o en menor grado, Brian Arthur) de que es la tecnología lo que realmente está evolucionando sobre el planeta Tierra. Nosotros, la especie humana, seríamos simplemente un medio, un paso más.

Sobre la ciencia, la ficción y el futuro

Extracto y traducción de la Introducción2

La ciencia dominará el futuro incluso más de lo que domina el presente. Además, sólo en este campo es posible la predicción. Hay algunas leyes generales que gobiernan la extrapolación científica, como no las hay (contrariamente a la opinión de Marx) en el caso de la política o la economía.

También creo, y espero, que la política y la economía dejarán de ser tan importantes en el futuro como lo han sido en el pasado. Llegará un momento en el que la mayoría de nuestras actuales controversias sobre estos asuntos parecerán tan triviales o sin sentido, como los debates teológicos en los que las mentes más agudas de la Edad Media disiparon sus energías.

Con pocas excepciones, los científicos resultan ser profetas bastante pobres, lo que resulta bastante sorprendente, porque la imaginación es uno de los primeros requisitos de un buen científico. Sin embargo, una y otra vez, distinguidos astrónomos y físicos han hecho el ridículo al declarar públicamente que tal o cual proyecto era imposible. El gran problema, al parecer, es encontrar una sola persona que combine un conocimiento científico sólido, o al menos el sentido de la ciencia con una imaginación realmente flexible. Verne cualificó perfectamente, y también Wells.

Sólo los lectores o escritores de ciencia ficción son realmente competentes para discutir las posibilidades del futuro. Ya no es necesario, como hace unos años, defender el género de los ataques de críticos ignorantes o francamente maliciosos.

Una lectura crítica (y el adjetivo crítico es importante) de la ciencia ficción es una formación fundamental para cualquiera que desee mirar más allá de diez años en dirección al futuro. Los hechos del futuro difícilmente pueden ser imaginados ab initio por aquellos que no están familiarizados con las fantasías del pasado.

Esta afirmación puede producir indignación, especialmente entre aquellos científicos de segunda categoría que a veces se burlan de la ciencia ficción (nunca he conocido a uno de primera que lo haga, y conozco a varios que escriben ciencia ficción).

Sobre el destino de la humanidad

Extracto y traducción de La obsolescencia del hombre2,3

El mayor estímulo para la evolución de una inteligencia mecánica, en oposición a la orgánica, es el desafío del espacio. Solo una pequeña fracción del universo es directamente accesible a la humanidad. Las criaturas de carne y hueso como nosotros pueden explorar el espacio y ganar control sobre fracciones infinitesimales del mismo. Pero solo las criaturas de metal y plástico podrán llegar a conquistarlo, como de hecho ya han comenzado a hacer.

Como otras cualidades, la inteligencia se desarrolla mediante la lucha y el conflicto. En lo que está por venir, los tontos podrán permanecer en la plácida Tierra, pero el verdadero genio florecerá sólo en el espacio, el reino de la máquina, no de la carne y hueso.

Si me habéis seguido hasta aquí (Arthur C. Clarke realiza antes una prolija argumentación sobre la eventual superioridad de las maquinas) la computadora protoplásmica que lleváis dentro del cráneo debería estar programada para aceptar la idea, aunque solo sea como hipótesis, de que las máquinas pueden ser más inteligentes y más versátiles que los hombres. Es hora entonces de enfrentar la pregunta: ¿Dónde deja eso al hombre?

La respuesta a corto plazo puede ser más alegre que deprimente. Podría haber una breve edad de oro4 en la que los hombres se enorgullezcan del poder y el alcance de sus nuevos compañeros.

Una de las formas en que las máquinas pensantes podrán ayudarnos es asumiendo las tareas más humildes de la vida, y dejando al cerebro humano libre para concentrarse en cosas superiores. (No existe, por supuesto, ninguna garantía de que esto vaya a ocurrir5). Durante algunas generaciones tal vez, cada persona transitará por la vida con un compañero electrónico6, que podría no ser más grande que las radios de transistores actuales. El dispositivo crecería con ella desde la infancia, aprendiendo sus hábitos, sus negocios, y haciéndose cargo de todas las tareas menores como la correspondencia rutinaria o las declaraciones del impuesto sobre la renta. En ocasiones, podría incluso llegar a ocupar el lugar de su amo, asistiendo a sus citas e informando luego de manera oportuna con todo el detalle que se desee. Podría sustituirnos en una conversación telefónica de manera que nadie sería capaz de saber si es un hombre o una máquina con quien estaban hablando. Ocurrirá en no más de un siglo7.

Y así llega el momento de abordar un concepto que muchas personas encuentran aún más horroroso que la idea de que las máquinas nos reemplazarán o nos superarán. La idea de que se combinen con nosotros. No sé quién fue el primero en pensar en esto, probablemente el físico J. D. Bernal, en el extraordinario libro de predicciones científicas, publicado en 1929, El mundo, la carne y el diablo (The World, the Flesh and the Devil). La idea es ahora mucho más plausible que cuando Bernal la propuso, porque en las últimas décadas hemos visto el desarrollo de corazones mecánicos, riñones, pulmones y otros órganos, y el cableado de dispositivos electrónicos directamente en el sistema nervioso humano.

Recientemente se ha acuñado la palabra «Cyborg» (organismo cibernético) para describir el tipo de animal-máquina que he estado discutiendo. Los doctores Manfred Clynes y Nathan Kline del Rockland State Hospital, que fueron los que inventaron el nombre, definen un Cyborg con estas conmovedoras palabras: «un complejo organizativo extendido exógenamente que funciona como un sistema homeostático».

Algún día podremos llegar a formar uniones temporales con máquinas suficientemente sofisticadas, y no solo controlar sino convertirnos en una nave espacial, un submarino o una red de televisión. Esto nos ofrecería mucho más que una satisfacción puramente intelectual. La emoción que se puede obtener al conducir un automóvil de carreras o pilotar un avión podría palidecer ante la emoción que nuestros bis bisnietos pueden llegar a experimentar, cuando la conciencia humana individual sea libre para migrar a voluntad de máquina en máquina, a través del mar, el cielo y el espacio.

Pero, ¿cuánto podría durar esta asociación?

La idea popular, fomentada por las historietas baratas de ciencia ficción, de que las máquinas inteligentes deben ser entidades malévolas y hostiles al hombre, es tan absurda que no vale la pena gastar energía en refutarla. Casi me siento tentado de argumentar que sólo las máquinas menos inteligentes pueden ser malévolas. Los que imaginan a las máquinas como enemigos activos se limitan a proyectar sus propios instintos agresivos, heredados de la jungla, en un mundo donde esas cosas no existen. Cuanto mayor sea la inteligencia, mayor será el grado de cooperación.

Ningún individuo existe para siempre. ¿Por qué deberíamos esperar que nuestra especie sea inmortal? El hombre, dijo Nietzsche, es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre el abismo. Atravesarlo es un noble propósito al que será un honor haber servido.

____________________

(1) En el año que nos dejó, 2008, algunos lo aclamaron como el más famoso de los escritores de ciencia ficción (Andrew Robinson, Technology: He wrote the future, Nature). Aunque ya sabemos que el cielo de la literatura es un lugar en permanente disputa, y yo diría que, al menos en España, siempre ha ido por detrás de Isaac Asimov.

(2) Este compendio de ensayos incluye, en particular, Los peligros de la profecía: El fracaso de la imaginación (Hazards of Prophecy: The Failure of Imagination), en el que se presentan (de manera bastante peculiar) las tres famosas leyes de Arthur C. Clarke. Pero de este ensayo me quedo con esta reflexión en la que Clarke revela una frustracion que, obviamente comparto (destacada en la cita de cabecera de este post).

(3) Como ocurre con otros autores y textos del pasado, Arthur C. Clarke utiliza de manera sistemática la palabra hombre para referirse a la especie humana o la humanidad. Como ya destaqué en mi reflexión sobre “Erewhon” de Samuel Butler, su uso, exactamente en el mismo contexto, más allá de la actual batalla sobre el lenguaje no sexista, resulta bastante chocante. En algún caso, en mi traducción, he optado por un término más neutro.

(4) Nótese que esa edad de oro es en la que estaríamos ahora y dónde muchos tecno-optimistas sitúan la relación ideal entre las personas y las máquinas o la tecnología: la idea de colaboracion o la idea del centauro (sobre la que espero volver en breve).

(5) Obsérvese el escepticismo (aquí cinismo) de A. C. Clarke al que me refería más arriba.

(6) Aquí simplemente brillante la predicción del momento actual de intensa dependencia de nuestros dispositivos electrónicos personales.

(7) Aqui si se pronuncia sobre el horizonte temporal. Nítida predicción: 2062. Tic, tac, tic, tac.

Imagen: Philippe Petit antes de cruzar por segunda vez el cable tendido entre las torres gemelas (World Trade Center) el 7 de agosto de 1974, un cable que ya nadie podrá volver a cruzar. Hazaña relatada en el documental Man on Wire (Hombre sobre el alambre) de 2008, basado en el libro de Petit traducido al inglés por Paul Auster como To Reach de Clouds (Alcanzar las nubes), que el director alemán Werner Herzog describió como un «manual de instrucciones para los que algún día pretenden lo imposible».

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