Ciencia ficción: La literatura de la libertad

La historia de la ciencia ficción moderna es la de cinco intentos de revolución: un éxito y cuatro enriquecedores fracasos. (Eric S. Raymond)

En «Una historia política de la ciencia ficción» (A Political History of SF), Eric S. Raymond nos ofrece no tanto o no solo una breve e idiosincrática historia de la ciencia ficción1, sino una razonada y apasionada reflexión sobre lo que es la ciencia ficción y por qué, de alguna manera nunca podrá ser de otra forma. No puedo ocultar que me alineo de manera abierta con el razonamiento y el mensaje político y activista del autor.

Las cinco revoluciones según Eric Raymond son las siguientes (las enumero de manera muy sucinta):

  1. La ciencia ficción dura, 1937. John Wood Campbell se hace cargo como editor de la revista Astounding con la vision de elevar el nivel de plausibilidad científica y calidad de las historias, y apuesta por Robert Heinlein, como primer gran descubrimiento, y luego por Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Poul Anderson, o Hal Clement entre los exponentes de lo que llegará a denominarse la era de oro de la ciencia ficción.
  2. Los futurianos, circa 1950. Frederick Pohl y el club de jóvenes escritores de New York intenta escapar de la ciencia ficción dura y la política conservadora, y poner el foco de la transformación en lo social. Una revuelta tanto estética como política,
  3. La nueva ola (New Wave), circa 1960. Un intento de importar las técnicas e imágenes de la ficción literaria a la ciencia ficción, con Michael Moorcock, J.G. Ballard y Brian Aldiss como figuras destacadas, socialistas y marxistas británicos que rechazaban el individualismo, la linealidad de las historias, los finales felices, el rigor científico y la hegemonía cultural de los Estados Unidos, y simpatizaban con la nueva izquierda y la oposición a la guerra del Vietnam. La nueva ola rompe, de manera significativa, con el tabú de la ciencia ficción de escribir sobre el sexo de forma críptica.
  4. Ciberpunk, 1984. Con la publicación del icónico Neuromante de William Gibson.
  5. La ciencia ficción dura radical, a partir de 1995. El intento de construir un diálogo o una manera de conciliar la ciencia ficción dura de la vieja escuela de Campbell con una que no esté ligada a las tendencias de la derecha política.

¿Es esta última síntesis posible? Esta es, para mi gusto, la contribución esencial del ensayo de Raymond. Su argumento incide de manera directa en la pregunta que me formulo en mi propio ensayo ¿qué puede hacer la ciencia ficción con el futuro? y apunta algunas razones que persigo sobre por qué la ciencia ficción no ha arraigado en España como lo ha hecho en el mundo anglosajón.

Su punto de partida son dos premisas y esta misma pregunta a continuación:

La ciencia ficción dura es el auténtico corazón del género, el núcleo radiante desde el que las ideas y los prototipos de mundos se difunden hacia el exterior para ser apropiados por escritores con menor habilidad para la construcción de mundos pero quizás con mayor sofisticación estilística y literaria. La ciencia ficción es una categoría radial2 en la que los prototipos son algunos de los clásicos de la ciencia ficción dura.

El fuerte vínculo entre la ciencia ficción dura y la política libertaria continúa siendo una realidad del género. Un error característico de los «pensadores de izquierda» es que tienden a asumir que todo lo que no es «de izquierda» es «derecha» y que aprobar el libre mercado implica de alguna manera conservadurismo social. Pero la ciencia ficción no puede, por su propia esencia, ser política o culturalmente conservadora.

Vale la pena preguntarse, entonces: ¿es la íntima relación histórica entre el pensamiento político libertario y la ciencia ficción un mero accidente, o hay una conexión intrínseca? (…) Creo saber cuál sería la respuesta de John Campbell si no hubiera muerto el año en que los fundadores del libertarismo moderno rompieron con el conservadurismo. Sé cuál sería la de Robert Heinlein. La misma que los mía: un sí rotundo.

Lo que sigue es una breve y lúcida combinación de argumento y manifiesto, directo nítida y sin ambages, que reproduzco de manera íntegra (en mi traducción3).


La ciencia ficción, como literatura, abraza la posibilidad de transformaciones de la condición humana habilitadas por el conocimiento. La tecnología para la inmortalidad, los viajes estelares, los ciborgs, los tropos característicos de la ciencia ficción se ubican dentro del universo cognoscible, en el que la investigación científica es la premisa y el principal instrumento para crear nuevos futuros.

La ciencia ficción es, en general, optimista sobre esos futuros. Pero incluso cuando no lo es, sus distopías e historias con moraleja sirven para afirmar el poder de las elecciones razonadas hechas en un universo conocible. Estas historias nos dicen que no fallamos por casualidad o por el capricho de dioses enojados, fallamos por nuestra incapacidad para actuar de manera inteligente, usando el poder de la razón, la ciencia y la ingeniería con prudencia.

El supuesto central de la ciencia ficción es que la ciencia aplicada es nuestra mejor esperanza de trascender tanto a las grandes tragedias como a los pequeños traumas que nos acechan. Incluso cuando los científicos e ingenieros no son los héroes visibles de la historia, son los héroes invisibles que hacen que la historia sea posible, los creadores de posibilidades, las personas que liberan el futuro para que se convierta en un lugar diferente al presente.

La ciencia ficción satisface y estimula una especie de lujuria por la doble posibilidad del simple escapismo y el complejo deleite intelectual por anticipar el futuro. Lectores y escritores de ciencia ficción quieren creer que el futuro no solo puede ser diferente, sino que puede ser diferente de muchas, muchas formas extrañas y maravillosas, todas las cuales vale la pena explorar.

Todos estos rasgos, la aceptación de la transformación radical, el optimismo, la ciencia aplicada como nuestra mejor esperanza, el ansia de posibilidades, son parcialmente característicos de la ciencia ficción en general, pero son características esenciales de la ciencia ficción dura. Fuertemente ligadas, en la terminología de las categorías radiales.

En consecuencia, la ciencia ficción dura tiene un sesgo hacia la valoración de los rasgos humanos y las condiciones sociales que mejor soportan la investigación científica y que permiten obtener como resultado a partir de ella cambios transformadores tanto para los individuos como para las sociedades. Y está asimismo sesgada hacia los equilibrios sociales que permiten a los individuos el mayor margen de elección, para satisfacer ese ansia de posibilidades. Y es aquí donde comenzamos a observar los primeros indicios de que los rasgos fuertemente ligados a la ciencia ficción implican una postura política, porque no todas las posiciones políticas son igualmente favorables a la investigación científica y a los cambios que esta puede traer. Ni tampoco a la elección individual.

El poder de suprimir la libre indagación, limitar las opciones y frustrar la creatividad disruptiva de los individuos, es el poder de estrangular los brillantes futuros trascendentes de la ciencia ficción optimista. Los tiranos, las sociedades estáticas y las élites del poder temen el cambio por encima de todo. Su tendencia natural es suprimir la ciencia o buscar la manera de distorsionarla con fines ideológicos (como, por ejemplo, hizo Stalin con el lysenkoísmo4). En las narrativas centrales de la ciencia ficción, el poder político es el enemigo natural del futuro.

Los fans y escritores de ciencia ficción lo han entendido siempre de una manera instintiva. De ahí la prolongada celebración del género de la anti política individualista; y de ahí su preferencia por el voluntarismo y los mercados sobre la acción del estado, y por las historias en las que el avance científico y la economía de libre mercado se funden en un todo sin fisuras. Estas posturas no son accidentes históricos, son imperativos estructurales que se derivan del ansia de posibilidad. Las modas ideológicas van y vienen, pero la esencia reaparece de manera inevitable en lo que es una forma de literatura de la libertad.

Este análisis debería servir para poner fin de manera definitiva a la idea de que la ciencia ficción dura es una literatura conservadora en cualquier sentido. De hecho, es profunda y fundamentalmente radical, una la literatura que celebra no solo la ciencia y la tecnología, sino el cambio social impulsado por la tecnología como una revolución permanente, como el enemigo final y más inexorable de todas las relaciones de poder establecidas en cualquier parte.

Ya hemos citado los rasgos de la tradición libertaria de la ciencia ficción: el individualismo obstinado e insistente, veneración del hombre competente, la desconfianza instintiva en la ingeniería social coercitiva y un objetivismo extremo que valora saber cómo funcionan las cosas y trata con sospecha a toda ideologización política. Todos ellos debería resultar fácilmente explicables. Son los rasgos que definen a los enemigos de los enemigos del futuro.

Los partidarios de la “ciencia ficción dura radical”, como los de las anteriores tres revoluciones fallidas, son víctimas de un error de categorización, la incapacidad para ver más allá de sus propios mapas políticos. Al meter el libertarismo nativo de la ciencia ficción en una caja etiquetada como “de derecha” o “conservadora”, se condenan a sí mismos a malinterpretar los imperativos más profundos del género.

Comprender estos imperativos, por otro parte, nos permite explicar la serie de revoluciones fallidas en contra del modelo Campelliano, que es el patrón más grande en la historia de la ciencia ficción moderna. También nos permite hacer dos predicciones importantes sobre el futuro del género de la ciencia ficción:

Una: las personas cuya filosofía política básica es categóricamente incompatible con el libertarismo seguirán encontrando en la corriente principal de la ciencia ficción un lugar incómodo. Por lo tanto, continuarán las revueltas ideológicas esporádicas contra el modelo de Campbell de la ciencia ficción, probablemente alrededor de la tasa establecida de una por década. Los futuristas, la nueva ola, los ciberpunks y la ciencia ficción dura radical, no habrán sido el final de esta historia, porque las grandes cuestiones políticas que motivaron estas insurrecciones aún no están resueltas.

Dos: todas estas revueltas fracasarán en la práctica de la misma manera. El género absorberá o rutinizará sus rasgos literarios y descartará sus agendas políticas. La ciencia ficción continuará desconcertando a los observadores que confunden su ADN antipolítico con el conservadurismo sin dejar de lado su radicalismo subyacente.


Salve Eric Raymond!!

Eric Steven Raymond es un conocido y reconocido desarrollador de software estadounidense, promotor del software de código abierto y autor, entre otros muchos, del famoso ensayo de 1997 (y posterior libro publicado en 1999) La catedral y el bazar (The Cathedral and the Bazaar).

____________________

(1) Dejando de lado el hecho de que Raymond comienza su exposición hacia 1930, y el hecho de que en ensayo no pretende ser exhaustivo en la enumeración de obras y autores, sí me parece significativa la omisión de alguno de los autores más reconocidos de la ciencia ficción del siglo XX. No los mencionaré, ni valoro aquí la razón de esta omisión.

(2) En el sentido definido por George Lakoff.

(3) El artículo original: A Political History of SF © 2007 Eric S. Raymond. La política de derechos de copia / traducción del autor. Una traducción completa del ensayo puede encontrarse aquí: http://cuasarcienciaficcion.blogspot.com/2016/08/una-historia-politica-de-la-ciencia.html

(4) Y como por desgracia tenemos la posibilidad de ver hoy en los populismos de Trump y otros líderes en en los límites de la democracia. Nótese que el artículo está escrito a principios de siglo XXI.

Imagen: Detalle de la portada del número de marzo de 1938 de la revista Astounding Science Fiction. El primer número de la revista bajo la dirección de John Campbell fue el de diciembre de 1937, aún publicado con el nombre previo de Astounding Stories. El número de marzo fue el primero que incorporaba ya la ciencia ficción en el nombre de la revista.

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