Blues, una historia triste


Mi hermano siempre ha sido un fanático amante de los animales. Adora a los perros. Hace mucho tiempo ya, se encontró un pequeño cachorro abandonado en la calle. Tenía una herida en la pata y la llevaba retraída. No podía apoyarla en el suelo. Lo trajo a casa. En cuanto mi madre lo vio, supe que mi hermano acababa de conseguir lo que no habíamos logrado durante largos años de súplicas infantiles. Lo hizo por las bravas, metiendo al animal en casa. Mi madre también adoraba a los animales y cuando a vio aquel cachorrillo con la pata destrozada, no pudo negarse. Le pusimos de nombre Blues. Ya no recuerdo por qué. Fue una premonición.

Mi madre no sólo adoptó a Blues sino que estaba decidida a curarle. Cuando los veterinarios nos informaron de que no tenía solución, no sé cómo encontró a una profesora en la universidad de veterinaria que le explicó que ella sí podía intentar curarlo con un tratamiento experimental. Y efectivamente, una serie de sesiones con descargas eléctricas consiguieron enderezar la pata de Blues. Al principio todos nos quedamos maravillados. Estaba curado. La profesora nos lo vendió como un éxito y pidió tener presente a Blues durante una conferencia que iba a dar sobre el tratamiento que estaban desarrollando. Gran éxito.

Pero enseguida, la realidad nos mostró su verdadero rostro, mucho más ambiguo. La pata no estaba curada. En vez de permanecer retraída había vuelto a estirarse y Blues podía volver a apoyarla en el suelo. Pero carecía de sensibilidad. Era un apéndice inerte que Blues no podía controlar. A todos los efectos, la pata estaba muerta y, al apoyarla sin notar nada, sin dolor, se raspaba y se golpeaba. La pata estaba permanentemente llena de heridas que había que desinfectar y cuidar. La mayor parte del tiempo, Blues iba con su pata envuelta en una venda. El roce constante, los charcos, el barro, hacían que la venda fuera un auténtico engorro que había que cambiar una y otra vez.

A pesar de todo Blues parecía un perro feliz. Corría, ladraba, comía y jugaba como cualquier otro perro. Había nacido con una pata chunga o la había perdido a consecuencia de un accidente cuando lo abandonaron, y no podía saber cómo es una vida de perro con cuatro patas, como Dios manda. Los perros son animales muy sufridos. No se quejan. No se salen del guion. Toman lo que tienen. Viven y punto. Blues tuvo una infancia de perro feliz y se convirtió en un bonito perro adulto. Aunque había sido un bonito cachorro, no sabíamos lo que su genética desconocida podía deparar. Hubo suerte. Mantuvo su pelo corto de color canela, creció y se hizo un perro grande, más grande que un pastor alemán. Su estampa recordaba la de un gran danés, pero era más pequeño y no tenía las orejas caídas. No sólo era un perro bonito, Blues era un perro singular.

La gente nos preguntaba ¿y de que raza es? Ni idea. Lo encontró mi hermano en la calle cuando era pequeño. Pero bien podría ser un cruce de gran danés y pastor alemán. Por aquel entonces, mi hermano se había largado ya de casa. No sé si fue una mera casualidad o es que el logro de la adopción fue su gran contribución, su rito iniciático. Una vez superado, ya no había ninguna razón para seguir viviendo en la casa de sus padres. Se hizo mayor de repente y se fue a vivir por su cuenta. Aunque le seguían gustando mucho los perros, nos dejó a mi madre y a mí al cuidado de Blues. Por ser preciso, debo decir que mi madre se encargaba de Blues el 90% del tiempo y yo a duras penas llegaba al 10%.

Ya no recuerdo tampoco cómo llegó el diagnóstico. Sin duda, mi madre tuvo que darse cuenta de que algo no iba bien. La pata que sangraba constantemente, los ojos vidriosos del perro. Blues había contraído la leishmaniosis. No había forma de saberlo pero, para nosotros, no había duda de que la infección era una consecuencia de la pata chunga(1). No servía de nada lamentarse o pensar qué hubiera ocurrido si la profesora no le hubiera enderezado la pata y, en vez de apoyarla en el suelo, la hubiera llevado colgando. Blues hubiera sido un perro de tres patas, un perro cojo de pleno derecho con una pata retraída, en vez de un perro cojitranco con una pata de trapo. Posiblemente no hubiera habido ninguna diferencia o hubiera sido incluso peor. Pero cuando llegó el diagnóstico todos nos acordamos de la profesora, del tratamiento experimental y de su brillante exposición durante la presentación del gran éxito.

Aquel incidente me dejó una marca, un recelo constante de los grandes éxitos que tan a menudo pregonan quienes no han de vivir con las consecuencias no intencionadas de esos éxitos, una razón más para desconfiar de los remedios asombrosos de la medicina y la veterinaria. Blues había sido un conejillo de indias, seguramente le había valido una publicación a aquella profesora, una historia que contar que, como tantas películas, concluía con el gran éxito. No iba más allá. No pretendo sugerir que hubiera mala intención, simplemente que para aquella profesora la historia acabó allí. Pero la historia de Blues continuó(2). Por desgracia, no mucho más.

Blues no vivió demasiado. Tuvo una vida corta. No creo que fuera una vida mala. En el estándar absoluto de las vidas de perro, es bastante probable que la de Blues fuese una vida privilegiada, una vida en el 1% perruno superior, aunque vete tú a saber qué siente un perro con leishmaniosis. Lo que sí es seguro es que su muerte de perro fue también mejor que muchas muertes de hombres y mujeres. Física y psicológicamente mucho menos dolorosa.

El día que lo llevamos a sacrificar, él no tenía ni idea de que no saldría de la consulta del veterinario. Su cita con el destino se reservó por medio de una llamada de teléfono. A las cinco. Entró allí como lo había hecho tantas otras veces para ponerse una vacuna o curarse la pata. Se quedó tumbado en una camilla y se marchó sin sufrir. Lo que para nosotros, su familia, fue un trauma, para él fue un mero trámite.

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(1) Cualquier médico o veterinario dirá, seguramente, que esto es una estupidez, pero en tiempos de coronavirus ¿quién no aceptará esta licencia poética?

(2) Sobre dónde se detienen las historias, dónde situamos el final y sus implicaciones narrativas, espero tener oportunidad de volver en breve. Mientras tanto, dejo aquí una cita extraída de una entrevista a Frank Herbert (mi traducción): “mi opinión es que la diferencia entre un héroe y un antihéroe es dónde detienes la historia, y si eres fiel a la vida. Si eres fiel a la vida, dando estos ingredientes, entonces la historia continúa, porque los seres humanos prosiguen. Puedes limitar su historia a un individuo y, en consecuencia, por lo que a él respecta, la historia comienza con el nacimiento y termina con la muerte. Pero si estas tratando con movimientos más amplios…”

Imagen: Brandi Pratt, Toby Dog, el Labrador

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