¿El poder? Me encanta. C’est moi

¿Qué es para usted el poder?» , le preguntó un periodista de Paris Match días después de ser nombrado presidente del gobierno, y Suárez sólo acertó a responder con su sonrisa deslumbrante de ganador y con unas palabras que no explicaban nada y lo explicaban todo: «¿El poder? Me encanta» . (Paris Match, 28-8-1976. Citado por Javier Cercas en Anatomía de un instante)


En Anatomía de un instante, Javier Cercas se pregunta qué es un político puro, la esencia del principal protagonista de la obra Adolfo Suárez, que según él es también la característica que define a otro de los personajes claves de aquel instante de nuestra historia, Santiago Carrillo.

¿Qué es un político puro? Se pregunta Cercas. ¿Es lo mismo un político puro que un gran político, o que un político excepcional? ¿Es lo mismo un político excepcional que un hombre excepcional, o que un hombre éticamente irreprochable, o que un hombre simplemente decente?.

Cita a Ortega y Gasset que, como tantos otros, se pregunta también por el político excepcional y concluye que no es un hombre éticamente irreprochable, ni tiene por qué serlo. En su naturaleza conviven algunas cualidades que en abstracto suelen considerarse virtudes, como la inteligencia natural, el coraje, la serenidad, la garra, la astucia, la resistencia, la sanidad de los instintos, la capacidad de conciliar lo inconciliable, con otras que en abstracto suelen considerarse defectos, como la impulsividad, la inquietud constante, la falta de escrúpulos, el talento para el engaño, la vulgaridad o ausencia de refinamiento en sus ideas y sus gustos; también, la ausencia de vida interior o de personalidad definida, lo que lo convierte en un histrión camaleónico y un ser transparente cuyo secreto más recóndito consiste en que carece de secreto.

Adolfo Suárez

La personalidad del Adolfo Suarez que nos muestra Javier Cercas no es una caricatura. Si hay algo que caracteriza y por lo que alabo la obra de Cercas es por el matiz obsesivo. Sin embargo, hay algo definitivamente consistente en los rasgos de esa personalidad. Dos que quiero destacar aquí son esa ambición obsesiva por el poder y un interés superfluo (o fingido) por el conocimiento que, de hecho, casa a la perfección con la incapacidad para y/o el desprecio por los estudios, quien sabe si una deliberada ignorancia. Cercas reitera que Suárez era un ignorante, un pícaro sin formación que terminó a trancas y barrancas la carrera de derecho y que se nutre de la intuición. La ignorancia es también, según Javier Cercas, atributo definitorio del otro político puro de la transición, Santiago Carrillo:


Santiago Carrillo y Adolfo Suárez eran profundamente parecidos pese a sus superficiales diferencias. Ambos eran dos políticos puros, más que dos profesionales de la política dos profesionales del poder, porque ninguno de los dos concebía la política sin poder o porque ambos actuaban como si la política fuera al poder lo que la gravedad a la tierra; ambos eran burócratas que habían prosperado en la inflexible jerarquía de organizaciones políticas regidas con métodos totalitarios e inspiradas por ideologías totalitarias; ambos eran demócratas conversos, tardíos y un poco a la fuerza; ambos estaban acostumbrados desde siempre a mandar: (…) Los paralelismos no terminan ahí: ambos cultivaban una visión personalista de la política, épica y estética a la vez, como si, antes que el trabajo lento, colectivo y laborioso de doblegar la resistencia de lo real, la política fuese una aventura solitaria punteada de episodios dramáticos y decisiones intrépidas; ambos se habían educado en la calle, carecían de formación universitaria y desconfiaban de los intelectuales; ambos eran tan correosos que casi siempre se sintieron invulnerables a las inclemencias de su oficio y ambos poseían una ambición sin complejos, una ilimitada confianza en sí mismos, una cambiante falta de escrúpulos y un talento reconocido para el juego de manos político y para la conversión de sus derrotas en victorias. Breve: en el fondo parecían dos políticos gemelos.


Esta descripción tan nítida del conseguidor ignorante e incontrolable, me ha recordado el despiadado retrato que Paul Johnson hace de Lenin en Tiempos modernos (Modern Times), que quiero unir al duo para formar un trio. Johnson nos describe a Lenin como el primer ejemplar de una nueva especie: el organizador profesional de la política totalitaria. Es la descripción de un iluminado.

Desde la más temprana adolescencia, nunca concibió la posibilidad de que cualquier otro tipo de actividad humana mereciese la pena. Renunció a todas las cosas que le interesaban para concentrarse exclusivamente en el trabajo político. Aunque se vanagloriaba de que el socialismo era el producto del conocimiento científico, Lenin estaba rodeado de publicaciones oficiales y de trabajos de historia y de economía, pero no hacía esfuerzos para informarse directamente de las opiniones y las condiciones de las masas. La idea de extraer muestras de opinión de un electorado consultando casa por casa le parecía un anatema “anticientífico”. Nunca visitaba una fábrica o ponía el pie en una granja. No le interesaba el modo de creación de la riqueza. Nunca se lo vio en los barrios obreros de las ciudades en las que residía.

Por otra parte, durante los veinte años que precedieron a su revolución, Lenin es la voluntad de poder en acción, creando y controlando su facción dentro de la socialdemocracia, los bolcheviques, y promoviendo un espíritu sectario de exclusivismo. La idea de Lenin del partido era la idea de Luis XIV acerca del estado: ¡C’est moi!.

Continuaría pero creo que la idea está clara. El paralelismo entre figuras tan distantes es asombroso. Ambición sin límites, intuición sin fundamento y una capacidad sobrehumana para actuar y conseguir. Visionarios que ambicionan el poder y están dispuestos a hacer lo que haga falta para conseguirlo. Una imagen en la que, sin duda, encajan a la perfección muchos otros líderes políticos y, desde luego, algunos de los destacados del momento presente que, si acaso, han extremado el histrionismo, forzados y amplificados por los medios y la cultura del momento.

Cualquiera que se haya enfrentado a tarea de dirigir una organización y conseguir resultados sabe de la enorme dificultad que entraña. Es evidente que para conseguir que una gran organización, una gran empresa o una nación, avance, son necesarias habilidades que no poseemos el común de los mortales. También que el precio que debe pagar quien se consagra a semejante empeño es enorme y que, por esa misma razón, solo una combinación extrema de ambición y de obsesión por la actividad pueden mover a alguien a asumir el reto.

Si admitimos, siquiera sea por un momento, que este tipo de personaje es necesario, tenemos que ser muy conscientes de que Adolfo Suárez, Santiago Carrillo, Lenin, Putin o Boris Johnson son armas de consecución masiva que, como la carga explosiva que utilizamos para mover una enorme roca, deberíamos utilizar siempre con extraordinaria precaución y con un exhaustivo control. Este es el modelo ilustrado que inspira y promueve la separación de poderes, un modelo brillante pero a todas “luces” hoy desgastado, agotado, superado.

El reto que tenemos por delante como sociedad, en un mundo post-covid o post-lo-que-queramos es superar la necesidad de este primitivo tipo de político puro, de carga explosiva.

Los alienímaginas podemos ver un mundo que no precisa de paletos obsesionados con el poder para abrirnos camino, para progresar, se pongan o no se pongan la etiqueta de progresistas en la solapa o en el logo del partido.

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Imagen, Luis XIV en 1654, por Juste d’Egmont, Wikimedia Commons

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