La culpa fue del pangolín

Hace cuatro años decidí subir mi apuesta personal por la literatura. Siempre había querido hacerlo pero nunca había tenido la determinación de comenzar una relación seria. Soy un cobarde y ¡había sido tan romántico flirtear con ella durante toda mi vida! En esta nueva etapa, mi prioridad era escribir, pero comencé también una labor de arqueología para intentar rescatar algunos cuentos y ensayos que recordaba haber escrito y continuaban interesándome. Lo primero que conseguí rescatar fueron las breves aventuras de Carolina en el glorioso año de crisis 2008. Era lo más reciente y lo más sencillo. Las publiqué como «Carolina 114». Qué hacer con otros pequeños ensayos, cuentos, en muchos casos simples borradores, era más complicado.

En «La culpa fue del pangolín» he incluido tres cuentos que están escritos en la década de los 90: «La lagartija», «Las reliquias de la santa» y «El informe Belmonte». Son tres muestras de algunas de mis obsesiones alienimáginas extraídas casi intactas de mi labor arqueológica. En esos cuentos hay sarcasmo y dolor. Me limité a adecentarlos y los puse a concursar, lo que ya de por si es una auténtica canallada. Pero por fortuna, después de dos o tres intentos, «El informe Belmonte» fue seleccionado para la antología del XII Concurso Literario Internacional “Ángel Ganivet” y eso supuso una pequeña inyección de moral. El proceso de arqueología continúa, pero algunos de los materiales recuperados aún tardarán bastante tiempo en ver la luz.

«El Moonshot» es un cuento singular , a medio camino entre aquellos escritos de los 90 y mi producción más reciente. Era una vieja idea de un tiempo en que escribía «cuentos para indignar al lector», pero el primer borrador debe ser de la época de Carolina o ligeramente posterior, y estoy convencido de haberlo escrito durante un vuelo transcontinental. Para un introvertido detractor de la experiencia de los vuelos comerciales, esos largos trayectos en los que te enfrentas a ocho, diez o doce horas de aislamiento en el interior de la cabina de un avión, siempre han tenido un extraño atractivo. En «Memorias de un dragón» hay un capítulo inspirado en esa experiencia. El ambiente de «El Moonshot», que he querido recoger en el título, es también el que envuelve esa experiencia de ajetreo del ejecutivo, que en cierta medida comparte con «Matemáticas para desayunar». Y de eso va este cuento, de ambición desmedida y de lo que la realidad hace con ella.

El resto de los cuentos son experimentos con ideas y estilos diferentes escritos ya en esta última época en la que he estado principalmente concentrado en la ciencia ficción. Por ello, no tenían un destino obvio y la razón para publicarlos es la que expongo en el prólogo. No quería que estos cuentos se sumaran a la ya larga colección de ensayos y errores que se acumulan en el baúl de los recuerdos de mi disco duro. Es muy posible que ninguno de estos cuentos llegue a interesar a nadie, pero prefiero que vean la luz ahora. Mi experiencia reciente es que te llevas sorpresas y que, de pronto, alguien que nunca hubieras imaginado, un viejo amigo o un completo desconocido, te dice: ¿sabes? Me leí esto o aquello y me gustó, y te deja una reflexión, una pincelada de sabiduría o de complicidad. Son esas perlas entrañables que no están en las reseñas ni en los debates las que posiblemente dan sentido a esta solitaria aventura de la escritura.

Los cuentos más largos incluidos en la antología, «Muerte en El Nilo S.A.», «Ok, Google» y «Modelo 666» pretenden sumergirse en la crítica de algunos de los aspectos que me resultan más sofocantes de la sociedad actual y, en particular, algunos desarrollos recientes que la tecnología ha hecho posible o está magnificando, y que tengo la sensación de que no vemos o no queremos ver. Me muevo entre los proverbiales árboles que no nos dejan ver el bosque, y también lo hago de manera muy explícita en «Ella tiene la solución», «Grilletes de luz» y «El infierno era esto». En todos estos cuentos he evitado la aproximación tecnológica por la que opté en «Extrapolación 2029», y los ubico entre la realidad anodina del día a día y esa fantasía socarrona que no necesita pedir permiso para manifestarse dónde y cómo le da la gana. Esa fantasía es la protagonista en «Un breve affaire.» y en «Tu no lo ves».

«Modelo 666» está escrito en colaboración con otro autor que comparte conmigo dos cosas: un terror cerval por la burocracia y un apellido. Mario es mucho más espontaneo y mucho más creativo que yo. Es un cuento bastante alocado y escribirlo ha sido una de las experiencias como autor más divertidas que recuerdo. De alguna manera, me permitió volver a aquellos momentos de amistades cómplices de la juventud, en los que nos reíamos de todo con el más puro descaro. No sé si este cuento llegará a encontrar algún lector y arrancará alguna sonrisa. Si no lo consigue, la culpa habrá sido solo mía.

Bueno, en realidad, la culpa de todo es del pangolín. El no podrá negarlo.

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