Experimentos cívicos, ciudades chárter y naves generación

¿Cómo investigamos el comportamiento del mundo que nos rodea para descubrir cuáles son sus leyes? Usamos el método científico. Formulamos una hipótesis razonable y diseñamos experimentos para comprobar si la hipótesis aguanta el test, o si por el contrario somos capaces de contradecirla, de demostrar que no es cierta (falsabilidad). En otras palabras, experimentamos.

¿Cómo creamos nuevos productos y servicios, y encontramos la manera de llevarlos a la sociedad? Planteamos proyecto de nuevas empresas (start-ups), buscamos inversores dispuestos a arriesgarse para financiarlos, y testamos la respuesta del mercado. Intentamos hacerlo de la manera más rápida y eficaz posible (lean start-up). En otras palabras, experimentamos.

¿Cómo probamos nuevos modelos de gobierno y organización para una sociedad?

No tenemos forma de hacerlo. Y siendo deliberadamente argumentativo, diré que no la tenemos porque no hemos encontrado o no hemos querido encontrar la manera de experimentar.

El método científico quedó firmemente establecido hace unos doscientos años, y en este periodo de tiempo ha producido avances espectaculares en el conocimiento que tenemos en campos como la física, la química, la biología, la psicología y muchos otros.

El capitalismo es el sistema económico que se ha consolidado en un periodo de tiempo similar y ha producido avances igualmente sorprendentes en el tipo y cantidad de productos y servicios que consumimos.

Planteémonos por un momento el experimento conceptual de imaginar que nunca hubiéramos inventado la ciencia y el método científico, o que hubiéramos decidido ignorarlo o prohibirlo. Razones existirían para ello. Porque si nos da miedo la experimentación social, ¿no debería aterrorizarnos la experimentación con las leyes de física? ¿la posibilidad de desarrollar armas químicas y nucleares? ¿o las posibilidades de la ingeniería genética y la biología sintética? Pero si no hubiéramos inventado la ciencia o la hubiésemos prohibido ¿Cómo sería nuestro desarrollo científico? ¿En que tipo de sociedad estaríamos hoy? ¿Es la que elegiríamos?

Plantearse el experimento conceptual de imaginar que no existiera la libertad de mercado no es necesario porque, por desgracia, este experimento se ha llevado a cabo en numerosas ocasiones en los últimos doscientos años y conocemos sus lamentables consecuencias. El estancamiento de la sociedad, la pobreza y la opresión.

Esta breve exposición no pretende ser una defensa a ultranza de estos modelos, pero el objetivo de este post no es la crítica de la ciencia o el sistema de libre mercado, sino plantear esa tercera pregunta: ¿Por qué no tenemos un modelo para experimentar con las organizaciones?

Resulta sorprendente que no hayamos encontrado todavía algún método para ensayar nuevos modelos de sociedad y de gobierno. Nuestros modelos actuales no han evolucionado, cuando menos, durante doscientos años, desde la época de ilustración. Incluso en el ámbito de la empresa privada, nuestra voluntad para experimentar con modelos de gobierno diferentes a la jerarquía es muy limitada, o nula.

Es como si diéramos por hecho que los sistemas de gobierno y organización y el nivel que hemos alcanzado es suficiente, cuando a todas luces es evidente que no es así. La democracia está hoy cuestionada y en retroceso. Su incapacidad para dar respuesta a los retos que tenemos por delante, está creando el caldo de cultivo para los autócratas oportunistas, o directamente la justificación de modelos autoritarios como el de China.

Resulta también sorprendente que las pocas propuestas existentes sobre nuevos modelos de experimentar en este terreno se encuentren con el rechazo y la hostilidad, muy en particular de grupos que se autodenominan progresistas. (una de las muchas paradojas de la terminología ideológica). Es el caso, por ejemplo, del modelo de ciudad chárter impulsado, entre otros, por el economista y premio Nobel Paul Romer. (Aquí algunos detalles sobre la larga historia para lanzar el proyecto Prospera en Honduras)

Una ciudad chárter, autónoma o estatuto es aquella en la que el sistema de gobierno se define por medio de un contrato (estatuto). En los estados en los que la ley permite este tipo de modelo político, el estatuto le da a la ciudad la flexibilidad de elegir nuevos tipos de estructura de gobierno. No debería resultar tan extraño. Se nos llena la boca cuando hablamos del contrato social, un contrato que nunca hemos firmado, y lo que se busca aquí es precisamente eso: explicitar el contrato social.

La ciudad autónoma es una forma de start-up cívica, un espacio para la experimentación y la reforma. Las startups cívicas permiten a las sociedades experimentar con nuevas reglas, pero hacerlo sin obligar al cambio a aquellos que no lo quieren. Son atractivas para las personas que desean probar nuevas formas de hacer las cosas. La participación es voluntaria y quienes deciden participar trabajarán para legitimar esas nuevas normas o reglas que una startup cívica intenta someter a prueba. El objetivo es la experimentación acotada, de manera que el experimento no condene a toda una nación en caso de que no resulte exitoso.

Pero además, creo que este tipo de modelo nos prepararía para aceptar que diferentes personas con diferentes preferencias, podríamos llegar a optar por diferentes modelos de sociedad, libremente, y no porque hayamos nacido en un lugar determinado. Algo que debería parecernos obvio, pero no debe ser tan obvio:

«Ninguna entidad, gubernamental o de cualquier otro tipo, debería poder coaccionar a un individuo a una política y sistema económico contra su voluntad. Como contrapartida, el individuo debe corresponder» (Nassim Nicholas Taleb, Principios Políticos, Mi traducción)

Si las naciones compitieran no sólo unas contra otras a nivel de gobierno o incluso de grandes empresas en los mercados, sino que lo hicieran por atraer “ciudadanos” en vez de que los ciudadanos estemos cautivos de nuestra nacionalidad, seguramente se pensaría mucho más en el valor que esa nación, ese gobierno, aporta a sus clientes ciudadanos.

Esta breve disquisición tampoco pretende ser una defensa incondicional de este modelo concreto de experimentación (que no es el único), pero sí es el objetivo de este post dejar planteada la pregunta de por qué hemos decidido que no queremos ensayar en el terreno de la organización y el gobierno.

Es una pregunta que llevo años haciéndome y a la que vuelvo de manera recurrente. He flirteado con ella en varios de mis relatos de ciencia ficción. Por ejemplo, en Zeitgeist III me planteo qué tipo de modelo político y social se utilizaría en una nave generación cuyo objetivo fuera un viaje que durará cientos de años e involucrará a múltiples generaciones. Quizás en ese escenario se generaría de manera natural una competencia entre modelos.

¿De verdad creemos que vamos a salir de la Tierra y conquistar el universo con nuestros mismos modelos? Si ya es una ingenuidad pensar que lo haremos con la infraestructura biológica, nuestro cuerpo, que ha evolucionado para la vida en la Tierra ¿no lo es pensar que seguiremos utilizando los mismos modelos de organización y gobierno dentro de mil años, a decenas de años luz de distancia? Si queremos seguir evolucionando, no nos quedará más remedio que experimentar. La evolución es un gran experimento. ¿De verdad creemos que vamos a ser capaces de detenerlo?

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Imagen: Donald Davis, Interior de un Toro de Stanford, Wikimedia Commons

2 comentarios sobre “Experimentos cívicos, ciudades chárter y naves generación

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  1. Hola. En realidad, ya se han ideado y postulado múltiples formas de gobernar y prácticamente se conocen todos los entresijos que a nivel de organización tenemos los humanos. El problema principal es que para llevarlos a la práctica, es necesario precisamente que los actuales y obsoletos sistema políticos lo permitan. Y claro, no lo hacen. Entonces aquí entramos en el siempre controvertido tema de las revoluciones, desobediencia civil y los anti-sistema. Y vuelta a empezar.
    Saludos y gracias por tan interesante artículo

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  2. Ciertamente. Un contrato (social) que nunca has firmado y no puedes cancelar, y la única forma de probar alternativas, la desobediencia (civil), no suena como un entorno de libertad y apuesta por el cambio y el progreso (esas palabras)… Tendremos que hacer algo, aunque solo sea, como dijo Ruben Dario, dejar nuestra protesta escrita en las alas de algún cisne ;;))

    Gracias por el comentario!

    Le gusta a 1 persona

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