Honestidad intelectual en los tiempos de COVID

El COVID-19 ha llegado como un tsunami y lo ha inundado todo. Creo que no es demasiado osado aventurar que el sentimiento que nos domina a la mayoría es de impotencia.

La situación de cada persona determina que muchas otras emociones confluyan cuando, de manera consciente o inconsciente, valoramos la situación y reaccionamos ante ella. Por eso, las reacciones que podemos ver estos días desde la distancia del confinamiento, fundamentalmente en las redes sociales, van desde la indignación hasta el altruismo. En muchos casos, sentimientos y emociones encontrados que, inevitablemente, desbordan nuestros cauces habituales de expresión, producen reacciones difíciles de valorar, confusas, tibias algunas, otras extremas. Creo que la mayoría son comprensibles y que, en un momento como este, es necesario prestar atención a todas.

Que todas sean comprensibles y merezcan atención no significa que todas sean idóneas y contribuyan a la resolución de la crisis. Son, sin embargo, una muy una valiosa fuente de información, que debería servirnos para aprender de nuestros errores y ayudarnos a descubrir lo que deberíamos replantearnos ya y en el futuro. En un artículo publicado hace sólo unos días en PsyArxiv treinta y seis académicos presentan con cierto detalle (más de 200 referencias) lo mucho que las ciencias de comportamiento pueden aportar a la comprensión de nuestra reacción ante una amenaza, la pandemia, que está profundamente arraigada en nuestra psique. Es una lectura muy recomendable sobre la que, con algo más de tiempo, me gustaría volver para desarrollar aquí algunos temas que son ya viejas obsesiones.

Pero ahora solo quiero detenerme en dos actitudes muy marcadas que me llaman la atención y me preocupan.

La primera actitud es la reacción ultra simplista de la polarización política y grupal, la de los derechas contra los de izquierdas y los de izquierdas contra los de derechas, rojos contra azules. La de quienes se obstinan en ver solo una parte, un ángulo tanto si es para defender, apoyar, contribuir, como si es para criticar, denostar, o derribar. Quienes utilizan las redes sociales son personas que necesariamente tienen un nivel mínimo de alfabetización y, por tanto, educativo, pero esta polarización no excluye incluso a personas con un nivel educativo alto. Me cuesta aceptar que alguien pueda creer que, en la sociedad contemporánea, en un sistema tan complejo como el que hemos creado, con tantísimos elementos a tener en cuenta, interrelaciones tan profundas que nadie puede trazar, todo se pueda reducir a reglas binarias tan increíblemente ingenuas. Me parece una trampa, y me parece una irresponsabilidad taparse los ojos o los oídos para no ver u oír lo que no nos interesa. Un reto para la educación (que quizás no interesa a todo el mundo)

La segunda actitud que me parece otra trampa a evitar es la de quienes, en el otro extremo, piensan que no mirar ahora críticamente a los errores es la forma de ser positivo y contribuir. Por supuesto que, ante la avalancha del tsunami, lo único que podemos hacer todos es apretar los dientes y aportar, cada cual, lo que pueda. Pero negarnos a identificar los errores y, sí, también a los responsables de esos errores, es ponernos una venda en los ojos y persistir en el error con consecuencias, como desgraciadamente vemos hoy, funestas. Negarse a ejercer la crítica y buscar responsabilidades es persistir en el error, negarnos a aceptar que todos somos responsables, por acción o inacción. Muy especialmente, en los países de Europa y en Estados Unidos, presuntas democracias, con líderes que se supone han sido elegidos democráticamente y que tanto están haciendo para degradar la calidad de los sistemas democráticos.

Para quienes se escudan en este buenismo, quiero recordar a Bernard Shaw cuando dijo que las personas razonables se adaptan al mundo que les rodea. Las que no lo son esperan que el mundo se adapte a ellas. Por consiguiente, todo el progreso se debe a las personas no razonables. Soy consciente de que hay un punto de cinismo, de soberbia en la afirmación. Y hay política cuando hablamos de progreso. Pero para los que apostamos por el progreso, creo que toca ser un poco irrazonables(*).

Para los sectarios que se aíslan en sus convicciones, por buenas que sean, quiero traer una aquí una breve reflexión que Robert Nozick incluye en el prólogo de su obra “Anarchy, State, and Utopia” (Anarquía, Estado y Utopía), y que me parece especialmente relevante es este momento tan duro, y de tan gran incertidumbre y ansiedad para muchas personas:


No me agrada el hecho de que la mayoría de las personas que conozco y respeto no están de acuerdo conmigo, a pesar de haber superado ya el no tan envidiable placer de irritar o anonadar a las personas al presentar razones de peso con las que sustentar posiciones que no les gustan o incluso detestan.

Incluso el lector no convencido por mis argumentos debería darse cuenta de que, en el proceso de mantener y sustentar su punto de vista, habrá aclarado y profundizado en su comprensión. Además, me gusta creer que la honestidad intelectual exige que, al menos ocasionalmente, nos esforcemos en confrontar argumentos fuertes opuestos a nuestros puntos de vista. ¿De qué otra forma podemos protegernos de persistir en el error? Parece justo recordar al lector que la honestidad intelectual tiene sus peligros: Los argumentos quizás leídos en un primer momento con fascinación y curiosidad pueden llegar a convencer e incluso a parecer naturales e intuitivos. Solo la negativa a escuchar puede garantizar no ser atrapado por la verdad.

Robert Nozick, “Anarchy, State, and Utopia” (mi traducción)


La única forma de no dejarse atrapar por la verdad es no escuchar.

Soy muy consciente de que, a menudo, hay buenas razones para no querer escuchar. No creo que sirva de nada ahora, con el COVID. En todo caso a mí, por suerte o por desgracia, por más que lo he intentado, siempre me ha resultado imposible. Siempre he vivido con esa terrible divisa unamuniana: La verdad antes que la paz.

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(*) Es deliciosamente cruel la ambigüedad de la palabra razonable en nuestra lengua.

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