Despedida de Tam

Mi nombre es Tam y estoy a punto de cumplir 30 años. Soy feo y grandote. Tengo dos cuernos en la cara, aunque en realidad ya sólo uno es aparente. Tengo la piel echa un asco. He vivido más de un tercio de mi vida en cautividad en una reserva en la isla de Borneo. Una de vuestras organizaciones ecologistas me recogió hace más de diez años y me ha mantenido desde entonces. Han sido amables y lo han intentado todo para que me reprodujera. Yo no lo he permitido. No quiero parecer desagradecido, pero ésta no es la clase de vida que deseo para mis hijos. Ahora sólo quiero compartir con vosotros estas breves líneas a modo de despedida.

Mis ancestros más remotos ya estaban en este planeta hace aproximadamente cincuenta millones de años, pero nosotros aún nos tomamos otros veinte millones más antes de llegar a consolidar las características distintivas de nuestra especie. Fue hacia finales del Eoceno. Luego invertimos otros diez millones de años en dispersarnos por toda Asia y llegar, por ejemplo, hasta la isla de Borneo en la que yo nací. En aquellos tiempos, uno aún podía tomarse estas cosas con cierta calma. No había prisa. Aún no se habían inventado los plazos, las fechas de entrega y toda esa artillería de la urgencia artificial.

Hace veinte millones de años, vosotros aún no estabais por aquí. En aquella época vuestros ancestros eran unos simios torpones y con bastante mala hostia que aún presumían de su tupido pelaje. Nosotros ya habíamos optado por apartarnos de nuestros parientes lanudos, pero a vosotros todavía os llevó un tiempo daros cuenta de que el planeta ofrecía unas condiciones climáticas óptimas para disfrutarlas con una piel más sencilla. Cuando lo descubristeis lo celebramos de buena fe, creyendo que compartíamos una misma sensibilidad. No se nos ocurrió demandaros por plagio o por robo de propiedad industrial. Nuestra piel es mucho más recia que la vuestra, pero hubiéramos podido hacerlo.

Lo que no comprendimos fue vuestra decisión de poneros de pie sobre dos esmirriadas patas. Salvo las gallinas, nadie lo comprendió. Era un diseño absurdo y claramente subóptimo que limitaba vuestro rendimiento como atletas e imponía tensiones insoportables a vuestra estructura ósea y muscular, por no hablar del parto. Reconozco que no supimos ver el juego que vuestras manos libres os iban a dar. Si lo hubiéramos visto… No sé, me es imposible juzgar ahora desde la distancia. Ninguna especie en el planeta comparte vuestra voracidad y esa frialdad para aniquilar a otras especies, y supongo que no hubiéramos tenido la determinación de acabar con vosotros. Espero que no se nos juzgue mal por no haber actuado a tiempo.

Quiero dejar claro que no os guardo rencor. Todos los que jugamos a esto sabemos muy bien de qué va. Es la lucha por la supervivencia y gana el mejor adaptado. Y tengo que reconocer que vosotros os habéis adaptado de miedo. Utilizo la palabra miedo con intención. Dais miedo. Yo he sentido el miedo muy dentro de mi cuando comprendí que había llegado el final. No por mí, ni siquiera por nuestra especie. No somos un producto de élite como el tigre de Bengala, el águila imperial o incluso el elefante, no somos precisamente los BMW de la evolución. Se nos ha criticado mucho lo de los dos cuernos, y reconozco que no sirven para nada. De hecho, hemos llegado a odiarlos. Quiero que esto os quede muy claro.

Miedo es lo que deberías sentir vosotros. Puede que todos estemos equivocados de nuevo, igual que lo estuvimos con vuestras patas, vuestras manos y vuestros partos, y puede que al final lo logréis. Me alegraría mucho que así fuese, que una especie que ha evolucionado en este planeta llegara a ser relevante en el universo, a descubrir quién puso todo esto en marcha, y que tuviera la generosidad de explicárnoslo al resto. Ojalá sea así. Lo digo de corazón, porque si al final lo mandáis todo al carajo, el esfuerzo de miles de millones de años de evolución habrá sido en balde.

Sólo quiero recordaros sólo una cosa. En todas las competiciones, en todas las disciplinas, tanto si lo que prima es la fuerza física como si es la destreza intelectual, casi siempre es superior el equipo diverso, multidisciplinar, el que integra habilidades complementarias y sensibilidades diferentes. Sé que lo sabéis porque sois los reyes de la competición, y porque habéis inventado muchas formas de explotar la diversidad: equipos, empresas, democracias, la ciencia. Pero, por desgracia, lo olvidáis con demasiada frecuencia. Lo olvidáis cuando os ciega la ambición y os esclaviza la urgencia. Lo olvidáis ahora que nos estáis obligando a tantas especies a abandonar.

Sé que mi especie no ha evolucionado para la filosofía. Sé que soy ya demasiado viejo y que quizás no pienso con claridad. Puedo estar equivocado, pero os lo quiero decir tal como lo siento. Espero que sabréis disculparme. No puedo ser optimista. Así no lo vais a conseguir. No sabemos de ninguna plaga que lo haga conseguido.

Os digo simplemente adiós. Con cariño

TAM

Foto: (c) Raymond Alfred/WWF-Malaysia

Tam, el último rinoceronte de Sumatra de sexo masculino en Malasia ha muerto el 27 de mayo de 2019. Le sobrevive sólo una hembra de la especie, Iman, también en cautividad. Se estima que aún quedan algunas decenas de rinocerontes de Sumatra en Indonesia. El genoma de Tam se ha preservado para posibles intentos futuros de reproducir rinocerontes de Sumatra.

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