Tuiteo, luego existiré

Yo tuiteo, y si lo hago NO es porque:

  • Busco seguidores para venderles mi moto.
  • Necesito que me hagan la ola.
  • Todo el mundo tuitea y yo no voy a ser menos.
  • Me creo muy listo y digo cosas interesantes (o re-tuiteo las de otros, que es más barato)

No, no es por ninguna de estas razones. Todas son buenas razones para tuitear, no tengo nada contra. Pero la verdad es que, en mi caso, no vendo nada, no consigo que me hagan la ola, y sí, de vez en cuando, tuiteo o retuiteo cosas interesantes, pero (casi) nadie las entiende (todavía). A lo mejor, es porque tuiteo demasiado en inglés…

Así que la verdadera razón por la que tuiteo es ÉSTA (en inglés).

Tuiteo porque busco la inmortalidad, y no lo hago incondicionalmente.

Y explico brevemente por qué, cómo, y bajo qué condiciones la persigo.

Por qué buscar la inmortalidad

Cuando era muy pequeño alguien me metió en la cabeza la idea de que esta vida es sólo un tránsito, algo así como una pantalla de un videojuego. Hay que pasar pantalla, y la siguiente será mejor. Es lo que tiene “haber nacido en el seno de una familia católica” y “haber ido a un colegio de curas”. Hacia los doce años, yo ya había llegado a la conclusión de que esta idea es completamente idiota. Vamos, que no había forma de digerirla. Pero luego he descubierto que, en realidad, esto no tiene nada que ver con la educación, la religión, ni nada de esto. Uno puede creer o no creer en la inmortalidad, pero todos deseamos la inmortalidad. Estamos programados para seguir y seguir pasando pantallas. Todas las que podamos, como aquellos famosos conejitos del anuncio de Duracell.

Hay quien lo reconoce. Y ahora, desde que hay gente muy rica del Silicon Valley que lo hace abiertamente, parece que esto ya se puede confesar. Y luego, hay gente que no quiere reconocerlo y que busca una postura estética para justificar que la muerte está muy bien y da sentido a la vida. Tampoco es que esto me parezca mal, pero es como el que tiene una columna en mitad de su salón, y la decora para que parezca que “formaba parte del diseño”. Y también hay excepciones, claro, porque la mente humana es compleja. Pero la regla general es: a nadie le amargaría ser inmortal. Y yo simplemente, deseo la inmortalidad como el que más.

Cómo conseguir la inmortalidad

Esto ya es más complicado. En el enlace que os daba más arriba, explico que, hasta la fecha, ha habido dos soluciones principales. La primera es la fe. El que cree de verdad lo tiene fácil. No que lo vaya a conseguir, pero sí la tranquilidad de espíritu. Aunque la verdad, no veo a muchos que tengan tranquilidad de espíritu, así que sospecho que no hay muchos verdaderos creyentes. La segunda es la fama. El problema es que, por lo menos hasta ahora, esta forma de inmortalidad, sólo asegura que vivirás en la cabeza de otras personas, como un recuerdo, como una idea más o menos fiel y/o idealizada. ¡Ah, el abuelito! Es una especie de “digitalización” o up-loading mental de andar por casa. El otro gran problema de la fama es que no hay una receta fácil para conseguirla. Comprarla es posiblemente lo más fácil, pero para eso tienes que ser o hacerte rico primero, y bueno… que ninguna de estas dos formas me sirven.

La tercera forma de conseguir la inmortalidad, y mi apuesta personal, es Twitter. Y cuando digo Twitter, también puede ser Facebook, LinkedIn, Snapchat…  No me voy a poner escrupuloso: cualquier servicio que te permita dejar un rastro digital (datos) lo suficientemente extenso y fidedigno (big data) como para que, en un futuro más o menos lejano, y suponiendo que haya alguien lo suficientemente avanzado e interesado, pueda recomponerte a partir de él. No sé si esta idea era original o no cuando escribí por primera vez sobre ella hace años, pero ha ido ganando en popularidad y, aunque todavía pertenece plenamente al terreno de la especulación tecnológica, ya no es difícil encontrar prototipos en busca del producto mínimo viable y múltiples referencias en los medios. Por supuesto, yo he intentado dibujar como esto podría llegar a ocurrir, incluso de manera relativamente fortuita, en Éxodo digital, uno de los relatos de Extrapolación 2029. En cualquier caso, para estar en condiciones de ser resucitado via Twitter, sólo es necesario conseguir que tu rastro digital muestre realmente quién y cómo eres, que te muestre a ti. De otra manera, si alguien decide resucitar tu rastro de Twitter, puede que el resultado de la resurrección no sea el esperado. Yo no tuiteo mucho sobre lo que como ó a donde voy. Tuiteo sobre lo que me interesa, sobre lo que creo que es relevante, o lo que pienso (como ya he mostrado más arriba). Bueno, más o menos, porque tampoco hace falta dar todos los detalles…

Y esto me lleva a la tercera y última consideración.

Mi búsqueda de la inmortalidad no es incondicional

Sé que decir esto en los días del escándalo de Facebook y Cambridge Analytics sonará ingenuo, pero creo que Twitter (y sus alternativas) me ofrecen un trato razonable. La razón es sencilla. La inmortalidad sólo tiene sentido (para mí) si la expectativa es volver a vivir en un mundo, una realidad, apetecible. No diré mejor, ni peor, simplemente apetecible. Ocurre lo mismo que en los videojuegos. Permanecer siempre en la misma pantalla, por muy entretenida que sea esa pantalla, acaba por aburrir. Bajo esta premisa, entiendo a los que dicen no desear la inmortalidad. La pantalla actual, no diré que este mal, pero seguro que las hay mejores.

La resurrección via Twitter supone que, como mínimo, resucitaré en un mundo con una capacidad tecnológica superior a la actual. Y por otra parte, si resucito, será porque alguien, un Victor Frankenstein del futuro, se habrá tomado la molestia de recoger mi rastro, procesarlo, y volver a darle vida. Y si lo hace, será porque tendrá una buena razón para hacerlo… ejem, ejem. Es decir, que si selecciona mi rastro digital y no otro, será porque le haya parecido más interesante. Obsérvese que aquí el rastro digital funciona como un “elevator pitch” para la resurrección. Si resucito será porque Victor decide invertir en mi. Esto me hace concebir la esperanza de resucitar en un mundo apetecible.

Por supuesto, no soy un ingenuo. Puede que todos acabemos resucitando porque en el futuro no tengan nada mejor que hacer, o simplemente sean así de majos y un algoritmo muy potente se encargue de resucitar a todo bicho… ¡Que tontería! iba a decir viviente 😉 . Puede que todos seamos resucitados para acabar en un gran almacén de resurrectos, como ganado. Y sí, podría darse la circunstancia de que fuese resucitado sólo para convertirme en un cobaya para la experimentación o simplemente un bufón de los Frankensteins del futuro.

Es un riesgo que hay que correr. Y entiendo también a los que, pensando en todo esto, deciden no tuitear. Nadie dijo nunca que la resurrección fuera un camino de rosas.

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Ilustración: Michelangelo Buonarroti (Miguel Angel), La resurrección

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