La forma del agua. Déjame imaginar al monstruo…

Ayer me dejé caer por una sala de cine para ver La forma del agua (The Shape of Water), la tierna y oscarizada película de Guillermo del Toro. No suelo frecuentar las salas de cine, no sé bien por qué. Quizás porque llegar a la sala es una carrera de obstáculos que comienza con una triste app para reservar butaca, sigue con las burdas ofertas de palomitas y refrescos en la entrada, y se prolonga en una interminable ristra de anuncios que ni aún habiendo pagado un precio abusivo por la entrada consigues evitar. Y es una pena, la verdad, porque cuando, finalmente, se apagan las luces y te quedas rodeado de oscuridad en una sala semivacía, sin otra cosa que hacer más que mirar fijamente a una enorme pantalla iluminada, la sala consigue transportarte hasta una realidad paralela como todavía ninguna otra experiencia inmersiva…

Pero volvamos a la forma del agua. Lo mejor, el ambiente con esa estética de comic que satiriza los años sesenta, el laboratorio ultra-secreto donde se llevan a cabo oscuras investigaciones en el contexto de la competencia y el contraespionaje entre los EE.UU. y la URSS durante la guerra fría. Y la protagonista, una chica muda que trabaja como empleada del servicio de limpieza en los laboratorios… adorable.

Lo peor, el monstruo, un monstruo también adorable, como un muñeco de peluche, del que es fácil enamorarse si llegas a darle la oportunidad. Pero éste no es el problema. El problema con el monstruo es que es demasiado evidente, demasiado explícito, y te roba el placer de imaginar, de ser tú mismo el creador de la imagen de un ser fantástico que es delicado y extremadamente frágil pero que, al mismo tiempo, tiene superpoderes, y es venerado como un dios por los nativos. Y esa idea fuerza que hace posible combinar en la historia el temor a lo desconocido y la ansiedad por saber cueste lo que cueste, el asombro ante lo sobrenatural junto al sentido del deber del burócrata sin escrúpulos, la preocupación por conservar una especie desconocida, seguramente en vías de extinción, y la empatía que hace posible la conexión… ¿Qué rostro, que forma puede tener un monstruo así?

Pues bien, Guillermo nos lo muestra casi desde el primer momento, no nos da opción. Nos dice: es así. Un batracio escamoso y arrullador. Y está muy bien que así sea como él lo ha querido ver él. Pero la idea es mucho más poderosa que la imagen, no necesita la imagen. Y esa imagen que nos impone el director se me antoja una dictadura para la imaginación, especialmente en una película de fantasía. Lo siento, Guillermo, tenía que decirlo. Esto no resta para nada mi admiración por la película y por el creador.

Y ahora que lo pienso, quizás ésta es la maldición del cine, un medio mcluhanianamente caliente que, obsesionado con dárnoslo todo muy bien mascado, como un padre o una madre hiper-protectores, nos acaba robando algo tan esencial como la posibilidad de imaginar, de forjar nuestra propia fantasía con las ideas de una historia. Y como de esto ya han hablado mucho los intelectuales de los medios, me voy a quedar con una simple petición a los directores, realizadores y productores de cine:

Basta ya, por favor. No más Boris Karloff’s, no más batracios románticos. Dejadnos imaginar los monstruos como nos dé la gana.

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Ilustraciones:

James Jean, portada de “The Shape of Water”, (autores Guillermo del Toro y‎ Daniel Kraus)
Elisa Esposito, interpretada por Sally Hawkins, en la película “The Shape of Water”

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