Cigarrillos para el imperio galáctico

Confieso que he fumado, que empecé a fumar muy joven porque todo el mundo fumaba. Los hombres fumaban, y muchas mujeres que luchaban por la igualdad también fumaban. Mi padre fumaba, mi abuelo fumaba, mis colegas fumaban como auténticos carreteros. En los años 70 y 80 del siglo pasado, había que fumar para hacerse mayor, para poder poner ese gesto de Clint Eastwood dándole una calada al cigarrillo con los ojos entrecerrados.

Confieso que luego dejé de fumar, que cuando el gobierno se puso ya muy pesado y dejó de poderse fumar en la oficina, en los bares, cuando obligaron a los restaurantes a tener zonas para fumadores y tenías que confesar tu condición de fumador al entrar, cuando dejó de poder fumarse en los vuelos intercontinentales, en ese momento dejé de fumar.

Confieso que no me costó mucho, que siempre he fumado porque no había nada mejor que hacer con las manos y con la boca, mientras estabas en una reunión, esperando el autobús, esperando en una sala de espera, en un bar con los amigos, intentando ligarte a una chica, o lo que fuera. No había nada mejor… hasta que llegaron los smartphones con sus pantallas táctiles para suplir a los cigarrillos.

Confieso que ahora no entiendo porque teníamos que fumar a todas horas, cómo era posible trabajar en un despacho lleno de humo, aguantar el olor del tabaco que impregnaba la ropa y acababa en todas partes, cómo podíamos ignorar el derecho de los no fumadores a no respirar el humo que acababa de darse una vuelta por la boca, la garganta y los pulmones del tipo/a de al lado. Confieso que recuperé el olfato, que prohibí fumar en mi casa a mis invitados, que me volví un converso.

Confieso que no me creo nada de lo que nos dicen los medios sobre lo que dicen los médicos sobre lo malo que es fumar. En realidad, no hace falta haber fumado mucho para darse cuenta de que, además del olor (y del gasto), fumar te deja la garganta echa un asco y hay días que despiertas y parece que te hayan dejado un saco de piedras encima del pecho. Así que seguro que muy bueno para los pulmones y para la salud en general no es. Pero si hemos estado fumando durante más de 7000 años debe de haber una razón, posiblemente una buena razón.

Y tengo que confesar que, cuando no se me ocurre que decir, o se me ocurren sólo cosas como esto que estoy escribiendo ahora, echo de menos esos momentos en los que, mientras estudiabas para un examen, depurabas un algoritmo, o encajabas las piezas de una historia, una calada al cigarrillo te hacía ver todo con mayor claridad. Y pienso que, si me estuviera fumando un cigarrillo ahora, mis ideas fluirían mucho mejor; y que, tarde o temprano, como ha ocurrido con tantas otras cosas, alguien nos convencerá de que, en realidad, fumar es bueno para la mente (y digo para la mente, ¿eh? en su sentido más inmaterial); que entre fumar o estar manoseando el smartphone, casi que mejor…

Y os podría dar muchos argumentos, pero voy a centrarme en uno desde la ciencia ficción. Yo no sé si os habéis dado cuenta de que, en toda escena de película con un tipo/a dura/a que se precie, hay un cigarrillo. Y no sólo en las pelis antiguas con los Bogart y gente así. No, también en las pelis recientes sobre el futuro. Al último tipo duro que he visto fumando en pantalla es al Takeshi Kovacs de Netflix. Y vale que la funda pueda ser antigua, pero es que han pasado cientos de años y no me imagino quién puede seguir distribuyendo cigarrillos entonces. Eso sí, entre un/a tipo/a duro fumándose un cigarrillo con los ojos entrecerrados, y un/a tipo/a duro mirando embobado un smartphone, no hay color.

Hace poco, he estado releyendo la fundación de Asimov, y tengo que confesar que me invadieron sentimientos muy contradictorios. Por una parte, admiro la facilidad con que Asimov nos introduce en mundo lejano donde manejan conceptos como la psicohistoria. Por otra parte, al releer fundación ahora, lo veo todo demasiado viejo, con pocos de los detalles a los que nos tiene acostumbrados el cine y referencias tecnológicas que han quedado completamente obsoletas después de setenta años. La fuente de energía más sofisticada es la nuclear, y en el retroceso del imperio galáctico, se habla de quemar carbón y combustibles fósiles. Los tipos del imperio galáctico hablan y piensan como señores con mostachos de la unión soviética.

Pero lo que más me llamó la atención es que estos conspiradores imperiales, después de tantos miles de años, siguen leyendo el periódico y fumando en sus naves interestelares. ¡Fumando! No daba crédito. La mítica figura de Asimov se desmoronaba antes mis ojos incrédulos: periódicos y cigarrillos en el imperio galáctico. Y entonces, casualmente, hace sólo unos días, mientras revisaba el hit parade de las patentes del año 2017, un ranking que misteriosamente sigue dominado por IBM, una empresa que, por cierto, no desentona nada con la estética del imperio galáctico asimovita, me encontré con una agradable sorpresa.

¿Sabéis cuál es la categoría tecnológica que ha registrado el año pasado, 2017, un mayor incremento en términos porcentuales en el número de patentes solicitadas? Yo habría apostado por la inteligencia artificial, el aprendizaje automático, los drones, la impresión en 3D. ¡ARRRR!. Error. La categoría que ha crecido más, el número uno, es el cigarrillo electrónico.

Confieso que me cuesta creerlo, pero ahí está. Asimov sigue siendo el genio visionario, y es posible que esté en lo cierto. Hemos fumado durante miles de años, llevamos poco más de diez pegados al smartphone como pobre sustituto del cigarrillo (y no entro a valorar si el smartphone sirve para otras cosas), y no tenemos ni la más remota idea de lo que puede ocurrir en los próximos 10.000 años. Así que puede que, después de todo, anunciar la muerte del cigarrillo tal vez sea prematuro.

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