¿Por qué la ciencia ficción tiene miedo del futuro?

Hace unas semanas, descubrí a la periodista y académica de la distopía Devon Maloney, en un artículo para The Verge en el que se preguntaba ¿Por qué a la ciencia ficción le da tanto miedo el futuro? Maloney observa que, durante los últimos veinte años, los principales creadores de ciencia ficción han limitado en gran medida sus historias al situarlas dentro de plazos temporales bien definidos. El panorama cinematográfico está dominado por dos tendencias. La primera, los remakes, secuelas, precuelas, y refritos diversos de sagas algo viejunas ya como Alien, Star Trek, Guerra de las Galaxias, o más recientemente Blade Runner. Y la segunda, cuando los creadores cuentan nuevas historias, como en She, Ex Machina o Black Mirror, éstas están generalmente ambientadas en el futuro inmediato.

Las historias sobre el futuro cercano son atractivas porque nos ayudan a entender las consecuencias de las opciones tecnológicas y sociales que vamos adoptando en la actualidad, y puede que no nos venga mal un poco de reflexión distendida. (Yo por mi parte debo confesarme culpable de cortoplazismo.) Pero, desde luego, llama la atención que las producciones de Hollywood rara vez se aventuran en lo desconocido, en siglos y conceptos nunca explorados previamente.

Es una gran paradoja: el género existe casi exclusivamente para visualizar los méritos y peligros de un futuro radicalmente evolucionado, pero una ingente cantidad de obras de ciencia ficción hace gala de una imaginación que, a menudo, es sólo ligeramente superior a la de otros géneros literarios [1].

Como las expediciones vikingas que se concentraban en rapiñar las costas, temerosas de penetrar mar adentro hacia lo desconocido, el cine y la televisión actuales están dominados por una imaginación de baja intensidad que se limita a explotar réditos de éxitos pasados, o a merodear en las proximidades del presente recogiendo la fruta madura del intenso, pero a menudo insustancial, cambio tecnológico. ¿Por qué?

Maloney sugiere algunas razones, empezando por la más obvia: el dinero. Cuanto más cercano es un futuro, más fácil es diseñarlo y producirlo. Y seguramente también resulta más sencillo y, por tanto, menos arriesgado conectar con un espectador que puede reconocerse mejor en las escenas de Black Mirror, que en una delirante odisea espacio-temporal en la que se han perdido las referencias del aquí y el ahora. La cultura de la nostalgia no hace más que agravar el problema (126 remakes en cocina en noviembre de 2017).

Pero la razón fundamental es seguramente la que apunta Maloney a continuación: la incapacidad de la ciencia ficción para mirar de frente al futuro. Esta idea obsesiona a los autores de ciencia de ficción. ¿Es que nos estamos quedando sin ideas? ¿Está ya todo dicho? Es una idea sobre la que he planeado con carácter recurrente en Mind the Post, y sobre la que, sin duda, volveré. Hace unos años, Neil Stephenson escribía un artículo sobre el tema e identificaba una causa: El asesino de la innovación es la creencia presente en una certidumbre ineluctable (Today’s belief in ineluctable certainty is the true innovation-killer of our age.)

Pero Maloney avanza en otra dirección que me parece muy prometedora. Según ella, hoy resulta más difícil que nunca creer en un futuro sostenido de la especie humana. El futuro de nuestra especie está en cuestión como nunca antes, lo que ha convertido al optimismo de las previsiones en un auténtico desafío. Y ya no digamos predecir cómo podrían llegar a ser los próximos miles de años.

Vivimos en una época en la que muchas de las profecías históricas de mayor calado del género se han hecho realidad: desde la neolengua y el doble pensamiento autoritario de 1984, o la desigualdad extrema que podría llevar a una bifurcación de nuestra especie, hasta el cambio climático irreversible y los inquietantes avances de la inteligencia artificial. Y parece que le hemos cogido gusto al escenario distópico del cyberpunk. La distopía es la zona de confort de la ciencia ficción hollywoodense.

Resulta ciertamente paradójico que, cuanto mayor es nuestro desarrollo tecnológico, cuanto más pregonamos el progreso sin precedentes que estamos viviendo y que vamos a vivir en el futuro, más limitada es nuestra capacidad, no ya de predecir, sino de imaginar el futuro. Y éste no es un problema exclusivo de la ciencia ficción.

La imaginación colectiva de tecnólogos y futurólogos se ha quedado completamente estancada en la idea de que el desarrollo tecnológico continuará en progresión exponencial, hasta alcanzar un momento no demasiado lejano en el tiempo en el que los humanos seremos superados en todas nuestras capacidades, y muy especialmente la que supone nuestro último reducto, la inteligencia, por nuestra propia tecnología: las máquinas. Nuestra única posibilidad es desaparecer o conseguir una migración más o menos digna a un nuevo sustrato de silicio.

Cuando descubrí la idea de la singularidad, hace años, me pareció una idea ingeniosa, pero luego me di cuenta de que, en realidad, es una trampa epistemológica. Ocurre exactamente lo mismo que con la idea del Big Bang o de los agujeros negros en física. Cuando oímos hablar por primera vez de este tipo de ideas, nos sentimos deslumbrados y atrapados por esa sensación de asombro tan querida de la ficción especulativa. Por alguna extraña razón, estas “singularidades” de las matemáticas que sustentan nuestra ciencia nos resultan atractivas. Ahora bien, las singularidades pueden ser un objeto de culto para los matemáticos, pero son una muralla cognitiva inexpugnable para los ingenieros, esto es, para los creadores.

Más allá de la singularidad somos incapaces de ver nada, como el propio Vernor Vinge reconocía ya en su ensayo pionero de 1993[2].

Durante los años 60 y 70 y 80, el reconocimiento del cataclismo se extendió. Quizás fueron los escritores de ciencia ficción quienes sintieron el primer impacto concreto. Después de todo, los escritores de ciencia ficción “dura” son los que intentan escribir historias específicas sobre todo lo que la tecnología puede hacer por nosotros. Cada vez más, estos escritores se enfrentaban a una pared opaca en el futuro. Tiempo atrás, podían proyectar sus fantasías millones de años en el futuro. Ahora en cambio, sus extrapolaciones más diligentes acababan rápidamente en lo incognoscible. Hubo un tiempo en el que los imperios galácticos parecían un posible dominio post-humano. Ahora, lamentablemente, ni siquiera los viajes interplanetarios parecen posibles.

Y tengo la sensación de que esto es exactamente a lo que Ursula K. Le Guin describe en su ensayo sobre la ciencia ficción: La singularidad presenta todos los síntomas de un cáncer de extrapolación.

Tenemos que encontrar la manera de huir de ese vórtice que actúa como un sumidero de la imaginación, usar la ciencia ficción tal como nos proponen los grandes autores, como una llave para abrir ese cerrojo epistemológico que nos está cortando el paso a otros mundos posibles.

Pero hay que reconocer que da un poco de miedo abrir esa puerta, ¿verdad?

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[1] “It’s a major paradox: the genre exists almost exclusively to envision the merits and dangers of a radically evolved future, but a staggering amount of science fiction literature has proven that its imagination is often only slightly bigger than its non-genre counterparts.” (Why is science fiction so afraid of the future?)

[2] Vinge, Vernor. 1993. ‘The Coming Technological Singularity: How to Survive in the Post-Human Era’. Vision-21: Interdisciplinary Science and Engineering in the Era of Cyberspace, 11–22.

Through the ’60s and ’70s and ’80s, recognition of the cataclysm spread. Perhaps it was the science-fiction writers who felt the first concrete impact. After all, the “hard” science-fiction writers are the ones who try to write specific stories about all that technology may do for us. More and more, these writers felt an opaque wall across the future. Once, they could put such fantasies millions of years in the future 11 . Now they saw that their most diligent extrapolations resulted in the unknowable… soon. Once, galactic empires might have seemed a Post-Human domain. Now, sadly, even interplanetary ones are.

Imagen: Monday by Wadim Kashin

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